Cuando se cuenta la historia de los medicamentos solemos hacerlo como una sucesión de revoluciones: primero las plantas medicinales, después la química, más tarde los antibióticos, las hormonas, los medicamentos biológicos y, finalmente, las terapias génicas y celulares. Pero esa forma de contar la historia oculta una curiosa permanencia: seguimos utilizando medicamentos minerales como hace dos mil años.
Plinio el Viejo organizó buena parte de su Historia natural siguiendo los grandes reinos de la naturaleza. Dedicó numerosos libros a los remedios procedentes de las plantas y los animales y reservó los últimos a metales, tierras, piedras y gemas, incluyendo expresamente sus aplicaciones medicinales. Era una farmacología rudimentaria, mezclada con observaciones acertadas, supersticiones y ocurrencias que hoy sufriría el rechazo frontal de cualquier agencia del medicamento.
Siglos después, Alfonso X el Sabio mandó traducir al castellano el célebre Lapidario, terminado hacia 1250, que reunía las propiedades atribuidas a centenares de piedras y minerales. La obra relacionaba sus virtudes con la astrología y con el momento adecuado para recoger cada piedra, pero muchas de ellas tenían una finalidad que se consideraba terapéutica.
Naturalmente, entre aquello y la farmacología actual hay un abismo. Ya no esperamos que una piedra cure por encontrarse bajo la influencia de determinada estrella. Pero el reino mineral no ha abandonado la farmacia.
Ahí están el sodio, el potasio, el calcio, el magnesio, los cloruros, los bicarbonatos, los fosfatos o las sales de hierro. No son precisamente medicamentos de última generación, pero algunos resultan mucho más imprescindibles que otros cuyo desarrollo ha costado cientos de millones.
El ejemplo más elocuente es la solución de rehidratación oral de la OMS, utilizada frente a la deshidratación causada por las diarreas: sodio, potasio, cloruro y citrato, acompañados de glucosa para aprovechar el cotransporte intestinal sodio-glucosa. Pocas terapias modernas han salvado tantas vidas con una formulación tan poco sofisticada.
El cloruro potásico trata o previene la hipopotasemia, interviniendo en uno de los equilibrios esenciales para el funcionamiento eléctrico del corazón. Las sales de calcio corrigen determinadas carencias; las de magnesio tienen importantes aplicaciones terapéuticas, y el humilde bicarbonato sódico continúa utilizándose para corregir ciertas acidosis metabólicas y alcalinizar la orina.
Pocas imágenes resultan tan modernas como un enfermo rodeado de monitores en una unidad de cuidados intensivos. Y, sin embargo, de una de las bolsas que cuelgan junto a su cama pueden estar entrando en su organismo agua, sodio, cloro, potasio, calcio o magnesio. Es decir, algunos de los elementos más antiguos de nuestra materia médica.
La gran diferencia es que hemos dejado de creer en las virtudes mágicas de las piedras para conocer la fisiología de sus componentes. Sabemos cuánto administrar, cuándo hacerlo y qué peligros tiene alterar su concentración. Hemos sustituido al astrólogo por el laboratorio y al lapidario por la bioquímica.
Pero quizá convenga recordar, en una época fascinada por medicamentos cada vez más sofisticados, que no toda innovación consiste en sustituir lo antiguo. Algunas cosas sencillamente permanecen porque son imprescindibles. Después de dos mil años de terapéutica, el organismo humano continúa necesitando sodio, potasio, calcio y magnesio. Cambian las teorías, cambian los médicos y cambian los medicamentos; pero la tabla periódica, imperturbable, sigue entrando en la receta como una expresión lapidaria, que es ahora la acepción de lo que ahora entendemos que debe quedar grabado en piedra.