Son tiempos difíciles. Tras años nadando en las procelosas aguas de la incertidumbre, recuperados tan sólo en parte de la pandemia, nos hallamos instalados ahora en el silencio. Un silencio que duele, pues nos obliga a parar y a mirarnos al espejo. Quizá no éramos tan brillantes como pensábamos. Quizá nos parecíamos más a los millones de humanos imperfectos que nos precedieron.
Dicen que ante una emergencia somos capaces de alumbrar lo mejor y lo peor de la humanidad. No andan desencaminados quienes lo defienden. Ante estas tesituras nos encontramos la bondad personificada y a lucifer remando en el mismo barco, aunque con trayectos opuestos. Qué pena compartir embarcación. La Democracia también cuenta con defectos. Es lo que tiene la pluralidad y la libertad. Pero volviendo a los reflejos de ese espejo que nos ha impuesto la realidad se observa en ellos que la ignorancia, que otrora contribuyó a arrasar ciudades y continentes, y que creíamos superada, reaparece presa de un caldo de cultivo excepcional. Un caldo con ingredientes variopintos, donde se cuentan soledad, indignación, pobreza o dolor, pero que hace las delicias de personajes infectos.
¿Pero qué es la ignorancia? El desconocimiento del que cree histriónicamente conocer. Tiene muchas formas diferentes, distintos ángulos, pero a la hora de la verdad desemboca en las mismas consecuencias. El ignorante se enorgullece de sus viles chanzas, celebra su incultura y busca arrastrarnos tras de sí. Pero el ignorante tiene amo. Sin amo con discurso carece de efecto su veneno.
Son los buenos términos, elegidos por su impacto, así como las frases facilonas ya masticadas, ideales para engullir sin esfuerzo, los que logran que el banquete del ignorante sea sobresaliente. Este menú funcionaba hace siglos y funciona en la era digital. Es más, permítanme que considere más fecunda esta época que las anteriores. Hoy son más los canales de comunicación, más rápido y eficiente el bombardeo mediático. Tenemos, en definitiva, más facilidades para engañarnos a nuestro gusto. El neopopulismo campa a sus anchas. No hace falta que se cumpla lo que se promete. Lo importante no es lo dicho, sino cómo se ha dicho. Aunque haya pruebas de que es mentira. Da igual. Es razonable porque se ha dicho y con atractivas palabras. Y quienes lo dicen no son como los otros. Siempre hay un “otro”. Un chivo expiatorio culpable. Ellos nos protegen. Nos salvan. Llevan la razón.
Pese a su idílica apariencia inicial, desgraciadamente esta dieta nos conduce una vez más a la resignación, al distanciamiento entre iguales, la persecución de ideas, la limitación de la libertad, el odio, el sometimiento y en último término a la muerte. Todo ello nunca será promocionado en la puerta de este metafórico restaurante, se descubrirá al pagar la cuenta. Está claro. El reflejo muestra un panorama negativo. Salimos todavía demasiado feos. Se disipan las dudas y se confirman los temores. Creíamos que éramos mejores como sociedad, pero seguimos repitiendo los mismos errores. ¿Soluciones? Quizá deberíamos encontrarlas en la ayuda y el respeto a los otros y en la valoración de quienes gritan poco y tienen dudosas certezas. Creer en las palabras, sí, pero atendiendo más a su profundidad que a su estética y resonancia.