Me ha sucedido más de una vez: subirme a un ascensor con espejos enfrentados y observar ese efecto maravilloso de la multiplicación de las imágenes hasta el infinito.
Verse a través de ellos ofrece una infinita posibilidad del propio yo. Una imagen detrás de otra, repetida una y otra vez, como si pudiéramos multiplicarnos sin límites. Pero, por más que los espejos reproduzcan nuestra imagen, seguimos siendo uno.
Lewis Carroll, autor de Alicia en el País de las Maravillas, escribió también A través del espejo y lo que Alicia encontró allí, una obra llena de paradojas y miradas profundas, construida desde un pensamiento lógico y matemático. Allí, en su mundo de reglas y estructuras rígidas (Christ Church, Oxford), Carroll encontró una manera subversiva de ponerlas en jaque: el absurdo.
Sin detenernos en las polémicas y acusaciones que rodearon posteriormente su figura, prefiero detenerme en esas imágenes, a veces ridículas y maravillosas, que pueden convertirse en alegorías de nuestra propia evolución: la biología, la economía, las ciencias sociales, la psicología y nuestra manera de vivir.
En el capítulo II de A través del espejo, la Reina Roja obliga a Alicia a correr lo más rápido que puede. Después de correr y correr, exhausta, Alicia descubre que continúa exactamente en el mismo lugar.
La Reina Roja le explica entonces que, en ese mundo, hay que correr todo lo posible simplemente para mantenerse en el mismo sitio. Y si quiere llegar a otro lugar, deberá correr al menos el doble.
Más allá de los debates que esta escena ha generado en torno a la evolución, hay algo en ella que se parece demasiado a nuestra realidad.
Tenemos hoy, quizá más que en otros momentos, la sensación de estar quedándonos en el camino.
Corremos a toda velocidad y, sin embargo, apenas conseguimos mantenernos donde estábamos. El agotamiento nos lleva a buscar desesperadamente algún puerto seguro, pero detenernos parece imposible.
La búsqueda de bienes posicionales que nos permitan escalar socialmente tampoco parece tener fin. Necesitamos ganar más, tener más, mostrar más, alcanzar una posición mejor que la del otro.
Pero los bienes posicionales tienen una trampa: si todos avanzamos al mismo tiempo, la posición relativa puede permanecer exactamente igual.
El esfuerzo individual puede ser racional —a nadie le conviene ser el único que deje de correr—, pero el resultado colectivo puede ser profundamente ineficiente. Gastamos más energía, dinero, tiempo y ansiedad sin que necesariamente nadie termine mejor que antes.
Es la misma trampa de Alicia: no existe una manera individual de ganar la carrera. Apenas podemos evitar quedarnos atrás.
Tal vez, en estos tiempos de endiosamiento del individualismo y de ese discurso que nos dice que “todo depende de nosotros”, necesitemos recuperar una saludable cuota de frustración.
Porque quizás estamos mirando demasiado nuestro propio reflejo.
Si tomamos Madrid como referencia, la Tierra gira sobre su eje a unos 1.275 kilómetros por hora; alrededor del Sol viajamos a unos 107.000 kilómetros por hora, y nuestro sistema solar se desplaza por la Vía Láctea a cientos de miles de kilómetros por hora.
Y nosotros, mientras tanto, muchas veces creemos estar quietos.
Quizás para comprender nuestro verdadero movimiento y nuestra evolución necesitamos dejar de mirar tanto el espejo.
Necesitamos mirar hacia arriba.
Y comprender que no siempre se trata de correr más rápido.
A veces, se trata simplemente de preguntarnos hacia dónde estamos yendo.