Tendrás, como yo, la experiencia de las salas de espera. Nadie escapa a esa forma sutil de dominación que consiste en disponer del tiempo ajeno.
El paisaje ha cambiado. En algunas salas hay pantallas que repiten imágenes que nadie mira o televisores que, en silencio, desfilan noticias destinadas a un público ausente. Pero, a diferencia de otros tiempos, los revisteros cedieron definitivamente su protagonismo a los teléfonos móviles, que hoy monopolizan la atención de quienes esperan.
Cuando era niño, las salas de espera eran también un espacio de socialización. Allí uno terminaba conociendo las dolencias, las preocupaciones o las historias de quien ocupaba la silla de al lado, incluso cuando no se trataba del consultorio de un médico. La conversación nacía con naturalidad y hacía más liviano el paso del tiempo.
Hoy, en cambio, la sala de espera es un silencio compartido. Decenas de personas permanecen juntas, pero cada una encerrada en la pantalla de su teléfono. Apenas sobrevive alguna pregunta ocasional: "¿Hace mucho que espera?".
Un sociólogo podría escribir el primer tomo de una enciclopedia sobre el comportamiento humano observando una sala de espera. Sin embargo, no me interesa analizar a quienes esperan; bastante tienen ya con hacerlo. Me interesa reflexionar sobre quienes hacen esperar.
Imagino que hubo un tiempo en que las salas de espera no existían. La gente golpeaba una puerta y encontraba a la persona con la que debía hablar. Pero el ser humano, amante de las jerarquías y de las barreras, descubrió que también podía ejercer poder administrando el tiempo de los demás. Hacer esperar es, muchas veces, una forma silenciosa de recordar quién tiene el control.
El tiempo es, probablemente, el bien más valioso que poseemos. Sin embargo, como no tiene precio y rara vez somos conscientes de su finitud, lo desperdiciamos... o permitimos que otros lo desperdicien por nosotros.
Es cierto que existen imprevistos. Una urgencia, una consulta más compleja de lo previsto o una emergencia pueden alterar cualquier agenda. También es cierto que, en ocasiones, todos son citados a la misma hora por simple falta de organización.
Pero resulta difícil aceptar que, en plena era de la comunicación instantánea, una persona permanezca una hora o más esperando sin recibir una explicación. Bastaría un mensaje avisando: "En diez minutos podremos atenderlo". Ese pequeño gesto le
devolvería algo invaluable: la libertad de decidir qué hacer con su tiempo. Tal vez caminar unos minutos, tomar un café o, simplemente, levantar la vista para mirar el cielo.
Respetar el tiempo de los demás es, en definitiva, una de las formas más concretas de respetar su dignidad.
San Josemaría Escrivá en el punto 355 de su libro Camino expresa: “Los que andan en negocios humanos dicen que el tiempo es oro. —Me parece poco: para los que andamos en negocios de almas el tiempo es ¡gloria!”