Mientras el lector pasea los ojos por estas líneas, en Bogotá, Colombia, el presidente Gustavo Petro estará haciendo lo que más le gusta: movilizar masas, calentar consignas y asegurarse —sin descuido— de que sus seguidores lo sigan amando. Gobernar, sí. Pero, sobre todo, seguir en campaña. Porque el presidente nunca salió del todo de la tarima. Y, de hecho, no puede bajarse ahora.
El contexto lo obliga. Lo ocurrido en Venezuela y los señalamientos de Donald Trump —con su presencia en escena como sheriff hemisférico— han puesto a Petro frente a una jugada de todo o nada. Trump dejó su “regalo” al continente: una intervención en territorio venezolano, digna de tribunal internacional, y un daño desmedido a la democracia regional. Petro, fiel a su estilo, responde con discurso, épica y plaza pública. El uno actúa con botas; el otro con micrófono. Ambos convencidos de que la historia les dará la razón.
El ciudadano colombiano, entretanto, discute. Y discute mucho. Como una potencia mundial en opinión. Se habla, se analiza, se tuitea, se indigna y se editorializa con increíble facilidad. No faltan diagnósticos ni frases lapidarias. Lo que falta —otra vez— es gestión y acción colectiva. Mucha conversación, poca resolución. Mucho bla, bla, bla, pocas conclusiones.
La paradoja es conocida: a mayor volumen, menor involucramiento ciudadano. Se critica al gobernante, se desconfía del político y se espera —todavía— que los problemas los solucionen “ellos”, los de arriba, como si lo público fuera un servicio tercerizado. Así, la ciudadanía observa, opina y se retira. Y en ese retiro cómodo se incuban los peores vicios del poder.
Mientras el país se polariza entre aplausos y abucheos por Venezuela, por Trump o por el imperio, otros asuntos —menos épicos, pero más determinantes— avanzan en silencio. El más delicado: la economía. A finales del año pasado, mientras el presidente Petro dejaba su “regalo” a los colombianos, se adoptaron medidas económicas que, en el mediano plazo, pueden cobrar una factura alta.
Amparado en una emergencia económica discutible, el Gobierno tomó decisiones que dejaron al sector empresarial en calzas prietas. Para muchos fue una reforma tributaria sin nombre, sin diálogo y sin anestesia. El golpe fue inmediato: incertidumbre, alerta para la inversión y un ambiente de desconfianza que no se corrige con discursos.
Los empresarios se llevan la mano al estómago por ese puntapié. La población empezará a sentir los efectos pronto: desempleo, inflación, reducción de oportunidades y un deterioro del clima de seguridad. Todo esto justo cuando el calendario político se abre y comienzan a desfilar candidatos de distintos colores, intereses y ambiciones.
Colombia discute lo simbólico, lo ideológico y lo internacional con frenesí casi deportivo. Pero posterga lo urgente: el empleo, la economía real, la seguridad, la participación ciudadana. Se grita contra el imperio, se aplaude o se condena la intervención extranjera, pero se deja intacta la idea de que alguien resolverá lo que corresponde a todos.
Discutir no es el problema. El problema es creer que discutir basta. Porque ningún país se salva solo con plazas llenas ni con enemigos bien escogidos. Y ninguna democracia resiste cuando la ciudadanía se conforma con opinar, pero renuncia a vigilar, a participar y a hacerse cargo de lo público. Colombia habla mucho. Actúa poco. Y en ese desfase se la pasa el país. Comentarios al correo jorsanvar@yahoo.com