El liberal anónimo

Claudia Sheinbaum. Entre el agravio y el perdón

La fe, esa certeza de lo que se espera y convicción de lo que no se ve. —Anónimo

En una mezcla de arrogancia e ignorancia surgen, a lo largo de la historia, sujetos de lo más pintoresco. Con ellos el populismo contemporáneo ha logrado la hazaña inédita de convertir la indignación en herramienta de gobierno. Claudia Sheinbaum, presidente de México, se ha apuntado al club de los devotos de la “responsabilidad moral intergeneracional”. Una nueva religión que consiste en exigir disculpas por hechos ocurridos cuando ni siquiera existía la justicia en América. Todo muy serio y riguroso, pero sobre todo útil para eludir los problemas del presente.

La estupidez de pedir perdón por sucesos de hace siglos es tan novedosa como absurda. Después de la Segunda Guerra Mundial, Alemania pidió disculpas a quienes habían sufrido directamente los crímenes nazis. Tenía sentido. Víctimas y responsables convivían un mismo tiempo histórico. Pero ahora buscan que descendientes —o posibles sucesores— de unos pidan perdón a los de otros y que lo hagan por actos que ninguno vivió. Aristóteles, que solía pensar antes de hablar, advertía en su Ética a Nicómaco que la justicia se refiere a los hombres que viven juntos. Pero claro, qué sabrá Aristóteles de política.

Toda esta fiebre de las disculpas históricas se extendió en los años noventa. Juan Pablo II, en un arrebato de inspiración poco afortunada, decidió pedir perdón por episodios remotos. Australia, Reino Unido y otros también se sumaron al festival, olvidando que Cicerón, que era un aguafiestas, escribió que «no puede haber culpa sin voluntad». Pero ya se sabe que los romanos ni entendían de redes sociales ni de capital político basado en la ofensa perpetua.

La señora Sheinbaum, cuya relación con la historia parece tan estrecha como la de un unicornio estudiando física cuántica, exige que España pida perdón por “atrocidades” que ni ella sabe. La historia, sin embargo, no es un mitin con los afiliados y bien vendría que algunos líderes recordasen que la ignorancia es la madre del atrevimiento.

Muchos políticos y no políticos han retorcido la historia sirviéndola como arma arrojadiza. ¿Pedir perdón? De ninguna de las maneras. Como afirmó el buen historiador y amigo Marcelo Gullo: Nada por lo que pedir perdón. Y tiene toda la razón, entre otras cosas porque no se pueden pedir cuentas pasadas a otros, ni exigir reparación por sucesos que solamente pertenecen al ámbito del estudio.

América, lejos de exigir disculpas, debe reconocer que su identidad actual —lengua, instituciones, cultura— es inseparable del legado hispánico. Aquel doce de octubre de 1492 no fue una invasión, sino el inicio de un proceso histórico complejo, irrepetible y decisivo. Juzgarlo con criterios ridículos del siglo XXI es tan insensato como culpar a un romano de los atascos modernos, pero claro, siempre es más fácil indignarse por el pasado que gobernar el presente.

Claudia Sheinbaum es la única que calumnia con sus gansadas, la única que con su menosprecio ataca a su pueblo, que es español hasta en la profundidad de su alma, e insulta su cultura, tradición y también los valores cristianos que siguen vivos en México.