El Evangelio propone un criterio sencillo para reconocer lo que viene de Dios: el árbol se conoce por sus frutos. No siempre es fácil discernir qué experiencias espirituales ayudan verdaderamente a las personas a crecer en la fe, pero los frutos que producen en la vida concreta suelen ofrecer una pista muy clara.
En los últimos días se ha publicado una nota doctrinal de la Conferencia Episcopal Española sobre el papel de las emociones en el acto de fe. El documento invita a reflexionar sobre el riesgo de reducir la fe a una experiencia meramente emocional. Es una advertencia que merece ser escuchada, porque la fe cristiana no se sostiene solo en lo que uno siente en un momento determinado. La tradición de la Iglesia siempre ha recordado que la fe implica la inteligencia, la voluntad y toda la vida de la persona.
Sin embargo, junto a la reflexión teológica también conviene mirar con atención lo que sucede en la vida concreta de muchas personas. En los últimos años han surgido iniciativas que han ayudado a muchos a reencontrarse con su fe. Una de ellas es el Retiro de Emaús. En torno a estas experiencias a veces se plantea la duda de si su impacto emocional puede llevar a una vivencia superficial de la fe. Pero cuando uno observa con calma lo que sucede después en la vida de quienes han pasado por ellas, descubre algo que merece ser tenido en cuenta.
He tenido la oportunidad de hacer el Retiro de Emaús y después acompañar a muchas personas que han vivido Emaús, y hay algo que se repite con frecuencia. Lo que aparece no es superficialidad ni una simple búsqueda de emociones intensas. Lo que aparece son frutos muy concretos: un deseo más profundo de servir, una mayor generosidad con los demás, una fe renovada, un compromiso más fuerte con la familia y una sinceridad mayor en la relación con Dios y con los demás.
Muchas personas que habían vivido su fe de manera distante vuelven a acercarse a los sacramentos, recuperan la oración y redescubren el valor de la comunidad cristiana. Otros comienzan a dedicar tiempo al servicio de los demás o encuentran nuevas fuerzas para vivir con mayor entrega su vida familiar y profesional.
Estos cambios no son simplemente emociones pasajeras. Son transformaciones que se reflejan en decisiones reales, en hábitos nuevos y en una forma distinta de mirar la vida. Cuando una persona se acerca más a Jesucristo y, como consecuencia, se vuelve más generosa, más disponible para ayudar a los demás y más comprometida con su familia, estamos ante algo profundamente positivo.
Existe un criterio muy antiguo para discernir la autenticidad de una experiencia espiritual. En el Evangelio de Mateo, Jesús lo expresa con una imagen sencilla: “Por sus frutos los conoceréis”. El árbol bueno da frutos buenos, y es precisamente en esos frutos donde se reconoce lo que verdaderamente viene de Dios.
Por supuesto, toda experiencia espiritual necesita madurar, integrarse en la vida de la Iglesia y crecer en profundidad. Pero tampoco deberíamos olvidar este criterio evangélico. Cuando uno ve personas que, después de encontrarse con Cristo, viven con más fe, más generosidad, más compromiso con su familia y más deseo de servir a los demás, resulta difícil no reconocer que ahí está sucediendo algo bueno.