La palabra vuelve a colarse en el debate económico global: estanflación. El término, que combina estancamiento económico e inflación elevada, ha sido recuperado en los últimos días tras un informe de Bank of America que alerta de un escenario cada vez más plausible a escala internacional.
La advertencia, amplificada por el economista José Ramón Riera, apunta directamente a factores energéticos, tensiones geopolíticas y límites en la actuación de los bancos centrales.
El petróleo vuelve a tensionar la economía global
Uno de los elementos clave es el precio del crudo. Según las estimaciones del propio Bank of America, el barril de Brent podría mantenerse entre los 80 y 90 dólares durante buena parte del año, lejos de los niveles previos a las tensiones recientes en Oriente Medio.
El mercado energético sigue condicionado por la incertidumbre en puntos estratégicos como el Estrecho de Ormuz, por donde transita una parte significativa del petróleo mundial. Cualquier alteración en este enclave impacta directamente en los precios y, por extensión, en los costes de producción globales.
Inflación por costes: el desafío para los bancos centrales
A diferencia de otros episodios inflacionistas recientes, el actual repunte tendría su origen en el encarecimiento de la energía y no en un exceso de demanda. Este matiz es clave, ya que limita la eficacia de las políticas monetarias de instituciones como el Banco Central Europeo o la Reserva Federal.
Cuando la inflación proviene del lado de la oferta, subir los tipos de interés puede enfriar aún más la economía sin lograr contener los precios de forma inmediata. Es el escenario que define la estanflación: menor crecimiento con precios al alza.
Crecimiento débil y presión sobre la deuda
El riesgo no es solo teórico. Un contexto de inflación elevada —por encima del objetivo del 2% de los bancos centrales— combinado con una desaceleración económica tendría efectos directos sobre la financiación de los Estados.
Los inversores exigirían mayores rentabilidades para compensar la pérdida de poder adquisitivo, lo que se traduciría en un aumento de los costes de la deuda pública. En la práctica, esto implica más gasto en intereses y menos margen para políticas públicas.
España, especialmente expuesta
En el caso español, la situación presenta elementos adicionales de vulnerabilidad. España arrastra un elevado nivel de déficit y deuda pública, lo que reduce su capacidad de maniobra en un contexto adverso.
Si se confirma un escenario de bajo crecimiento con inflación persistente, el margen para aplicar políticas fiscales expansivas —como bajadas de impuestos o aumento del gasto— sería limitado sin comprometer la sostenibilidad de las cuentas públicas.
Además, el encarecimiento de la energía impacta de forma directa en sectores clave de la economía nacional, desde la industria hasta el transporte, pasando por el consumo de los hogares.
Un escenario abierto pero cada vez más presente
Aunque no se trata de una previsión cerrada, sino de un escenario de riesgo, lo cierto es que cada vez más análisis internacionales coinciden en señalar la posibilidad de un entorno económico complejo en los próximos meses.
Organismos como el Fondo Monetario Internacional ya han advertido en informes recientes sobre la fragilidad del crecimiento global y la persistencia de presiones inflacionistas en determinadas economías.
La combinación de factores —energía cara, tensiones geopolíticas y políticas monetarias restrictivas— dibuja un panorama incierto en el que la estanflación deja de ser un concepto académico para convertirse en una preocupación real.