Las calles de Madrid son una vía preferente para la entrada de las palabras que conforman el léxico castizo de esta ciudad. Se oyen en los mercados, las cafeterías, los bares, en los patios de vecindad -aunque, lamentablemente, cada vez menos- y en las conversaciones apresuradas. Pasan de unas voces a otras y, cuando los lexicógrafos se deciden a recogerlas en los diccionarios, llevan ya tiempo asentadas en el habla, haciendo su vida. El término “gachó” pertenece a ese léxico popular que Madrid recibió, transformó y convirtió en parte reconocible de su habla.
La voz “gachó” en los diccionarios
El Diccionario de la Lengua Española define “gachó” como “hombre, individuo”, señalando su uso como vulgar (no culto) y advirtiendo que también puede emplearse con intención despectiva. Así pues, al decir “ese gachó”, el sentido de familiaridad, distancia, admiración, burla o recelo dependerá del tono y la situación. Puede designar simplemente a un tipo, pero también señalar a un individuo cuya conducta despierta sorpresa o desconfianza.
El origen de esta voz se encuentra en la lengua caló, testimoniada como tal en el Diccionario caló-castellano (1870) de Francisco Quindalé, donde se lee que “gaché” y “gachó” designa al varón o mancebo, siendo su forma femenina “gachí”. La voz, procedente probablemente del término romaní gadžo, forma parte del nutrido conjunto de términos procedentes del caló que penetraron y se asentaron a través de los siglos en diversas variedades del español coloquial. Entre ellas, en Madrid, ciudad de migraciones, oficios, barrios y lenguas en contacto. No obstante, la lexicografía del español tardó algo más en recoger el término en sus repertorios: José Alemany y Bolufer la testimonió con el significado de “hombre” en su suplemento del Diccionario de la Lengua Española (1917), y Manuel Rodríguez Navas hizo lo propio en su Diccionario general y técnico hispano-americano, de 1918. La Real Academia la incorporó en 1925, en la décima quinta edición de su diccionario, inicialmente como andalucismo y remitiendo a “gaché”. Con el tiempo, las marcas y explicaciones fueron cambiando hasta reconocer con claridad su procedencia caló y su extensión en el español popular.
La voz “gachó” en la literatura ambientada en Madrid
Pero la historia viva de una palabra no solo está registrada en los diccionarios, sino también en la literatura ambientada en Madrid. Dos ejemplos de ello son las obras La busca (1904) de Pío Baroja y Luces de Bohemia. Esperpento (1924), de Ramón María del Valle-Inclán. En la primera de ellas, uno de los personajes, Vidal, le habla de su casa a otro personaje, Manuel, diciéndole: “Pero allá en mi casa se divierte uno; ¡gachó! las cosas que me han pasado a mí allí”, donde el término “gachó” equivale a “hombre”, “tío” o “muchacho”, pero con una expresividad marcadamente popular; en la segunda obra, el personaje conocido como Llavero, le ordena un preso que lo acompañe y añade con brutal ironía: “Pues andando. Gachó, vas a salir en viaje de recreo”. La aparente familiaridad de la palabra agrava la amenaza: el supuesto viaje es, en realidad, el camino hacia la muerte.
El término “gachó” no nació en Madrid ni pertenece en exclusiva a su habla, pero forma parte de su léxico, toda vez que esta ciudad acogió esta palabra y la añadió a su habla popular, haciéndola sonar entre golfillos, bohemios, buscavidas y vecinos de barrio. Es una palabra breve, castiza por adopción y cargada de intención, puesto que no todo hombre es un gachó: para reconocerlo hay que escuchar la frase, mirar el gesto y, sobre todo, comprender el tono.