Hay palabras que parecen llegar a Madrid con el polvo de los caminos. Entran, o han entrado, por las estaciones de tren, por las tabernas, por los patios de vecindad, por el teatro popular y por la conversación diaria que acaba haciendo suyo lo que venía de fuera. La palabra “grullo” es una de ellas, una voz con una historia movediza que, antes de llegar a significar “bobo” o “palurdo” en el habla castiza, fue dejando su impronta en los diccionarios bajo diferentes acepciones, algunas de ellas, poco previsibles.
La voz “grullo” en los diccionarios
La primera documentación lexicográfica del término, con un sentido distinto al zoológico, es decir, “hijuelo de la grulla”, aparece en 1787, en el Diccionario castellano con las voces de ciencias y artes de Esteban de Terreros. Allí se recoge “grullo” con el significado de “alguacil”, en el habla caló, acepción que la Real Academia Española incorporó después, en la séptima edición de su Diccionario de la lengua castellana (1832), como voz de origen germánico y con ese mismo significado. Otro ilustre lexicógrafo, Vicente Salvá, explicó en su Nuevo diccionario de la lengua castellana (1846), que “grullo” se utiliza para referirse al vigilante, esto es, al que “está alerta como la grulla”, además de significar concretamente “alguacil”.
No obstante, el “grullo” que nos interesa no es el que se refiere al vigilante ni al alguacil, sino a la persona boba, torpe de entendederas, teniendo que esperar a la décimo octava edición del Diccionario de la Lengua Española (1956), para ver recogida esta voz, como andalucismo, con el significado de “paleto, cateto, palurdo”. Un significado similar al que testimonian Ángel del Río López en su Libro del casticismo madrileño (1999) y en el Diccionario de madrileñismos (2011) de Manuel Alvar, con el sentido de “bobo” y “palurdo”. Puntualizamos que, aunque la Academia lo registrara como andalucismo, esto no impide que se entienda como una voz característica del habla popular de Madrid, toda vez que el habla madrileña se ha alimentado con frecuencia de regionalismos, palabras pertenecientes al argot o a las jergas, vulgarismos y voces de otras lenguas como el caló, demostrándose que una palabra puede nacer o fijarse en un sitio, viajar a otro y terminar encontrando acomodo en una variedad popular.
La presencia de “grullo” en la literatura ambientada en Madrid
El término aparece con ese valor despectivo en textos ambientados en el Madrid de mediados del siglo XX. En Antoñita la fantástica y Titerris, de Borita Casas, dice uno de los personajes que su madre quiera casarla con un “primo suyo del pueblo, que era un grullo con cuartejos”, es decir, un bobalicón con dinero. También Camilo José Cela, en La colmena, novela ambientada en el Madrid de posguerra, escribe: “El limpia, que es un grullo, que es igual que un grullo raquítico y entumecido…”, retratando Segundo Segura como un pobre hombre, fácil de engañar.
Porque Madrid tiene la virtud lingüística de adoptar, pulir y exagerar las voces con otro aire. “Grullo” conserva algo de burla, algo de ternura y algo de calle. Quizá por eso todavía sirve para nombrar al que no se entera, al que va por la vida con demasiada inocencia o poca malicia. Y así, entre diccionarios, novelas y hablas de barrio, ahí queda el grullo, despistado pero nuestro, mirando Madrid, pero sin acabar de chanelarlo.