En el capítulo anterior de esta columna confesaba, casi con pudor, el orgullo que aún me queda de ser español. Un orgullo resistente, testarudo, que sobrevive a gobiernos, crisis y despropósitos varios. Pero hoy, mientras veo las imágenes de la marea humana que ha desbordado Ceuta, ese orgullo se me ha quedado en el hueso. Lo que siento ahora es vergüenza, una vergüenza espesa, de esas que se te pegan al paladar como un caramelo rancio. Porque uno puede aceptar que el mundo es complejo, que las fronteras son porosas y que la desesperación empuja a la gente a lanzarse al mar. Lo que no puede aceptar es que los servicios de inteligencia —esos que presumen de anticiparse a todo— hayan fallado de manera tan clamorosa.
A estas alturas, en cualquier país que se respete, ya habría caído una cascada de dimisiones. Pero aquí dimitir es un verbo que parece haber sido borrado del diccionario, quizá por considerarse demasiado extranjero, demasiado civilizado, demasiado incompatible con la piel de rinoceronte que caracteriza a nuestros gestores públicos. La diligencia brilla por su ausencia, la anticipación se ha convertido en un mito y la responsabilidad política es un animal extinguido que solo se conserva en museos.
Lo que estamos viendo no es solo un fallo operativo: es la prueba del algodón de una incompetencia que ya no se puede maquillar. Gobernar exige previsión, temple y algo tan básico como saber que los problemas no desaparecen por arte de magia. Si quienes ocupan los sillones oficiales no son capaces de prever una situación tan evidente, ni de actuar con la mínima dignidad que exige el cargo, quizá deberían plantearse un gesto heroico: irse. Sí, irse. Marcharse con la misma discreción con la que nunca han llegado a estar a la altura.
Porque España no es su cortijo. España es de los españoles, y somos nosotros quienes, con nuestros votos, deberíamos poder elegir a personas que no solo parezcan dignas, sino que tengan las agallas suficientes para demostrarlo. Y todo ello sin renunciar al humanismo ni a la tolerancia que caracterizan a una nación grande de verdad.
Así que, por favor, por decencia, por higiene democrática: ¿por qué no os vais ya?