Desde el Alto del León, en el Guadarrama, hasta la fuente de la Mariblanca, en Aranjuez, Madrid está lleno de leones. Eso sí, la mayoría de ellos solo en efigie.
Hubo, sin embargo, leones de carne y hueso. El león cavernario (Panthera spelaea) habitó las montañas madrileñas durante la Prehistoria, hasta que desapareció, probablemente por la presión de los grupos humanos, que lo consideraban un peligro y un competidor por la caza.
Los leones regresaron muchos siglos después, ya en tiempos de los Austrias. Felipe II reunió algunos animales exóticos en un pequeño zoológico instalado junto a su palacete de la Casa de Campo. Más tarde, Felipe IV creó una leonera en el Real Sitio del Buen Retiro, donde convivían leones y panteras. Carlos III amplió esa tradición con un zoológico anejo al Real Jardín Botánico, mientras que Fernando VII inauguró la célebre Casa de Fieras del Retiro, cuyos primeros moradores fueron una pantera y varios cachorros de tigre. Convertida después en el primer zoológico municipal de Madrid, nunca faltaron allí los leones.
Uno de ellos dio incluso nombre a una calle. En el siglo XVII, un vecino exhibía un león enjaulado cobrando dos maravedíes por contemplarlo, y aquella curiosa atracción popular acabó bautizando la actual calle del León.
Ya en el siglo XX llegó a la Casa de Fieras un león llamado Zurich, procedente de un circo que anunciaba un macabro espectáculo: la lucha entre un león y varios toros. Afortunadamente, las autoridades prohibieron aquella barbaridad y el propietario terminó vendiendo el animal al zoológico madrileño. Las condiciones de vida seguían siendo muy precarias, pues los grandes felinos permanecían hacinados en recintos diminutos. Solo en 1972, con la inauguración del moderno Zoo de la Casa de Campo, pudieron disfrutar de instalaciones mucho más amplias y adecuadas.
Pero si abundaron los leones vivos, aún más numerosos son los escultóricos. Pocas capitales europeas reúnen tantos como Madrid. Los de la fuente de Cibeles representan a Hipómenes y Atalanta, los amantes castigados por la diosa al profanar su templo y condenados a tirar eternamente de su carro. Los del Congreso de los Diputados, conocidos popularmente como Daoíz y Velarde, fueron fundidos con el bronce de los cañones capturados al ejército marroquí tras la batalla de Wad-Ras. A ellos se suman los leones que escoltan el monumento a Felipe IV en la Plaza de Oriente, la docena de magníficos leones de bronce del Salón del Trono del Palacio Real y los innumerables mascarones y relieves que adornan palacios y edificios historicistas del centro de la ciudad. No es casualidad: desde la Antigüedad, el león ha simbolizado el poder, la fortaleza y la autoridad, y por eso los reyes siempre han querido rodearse de su imagen.
Sin embargo, las mejores esculturas leoninas de Madrid se encuentran en torno al monumento a Alfonso XII, en el parque del Retiro. Seis espléndidos leones de piedra caliza fueron esculpidos por Francisco Escudero, Antoni Bofill, Agapito Vallmitjana, Pedro Estany, Eusebi Arnau y José Campeny. En el año 2000 fueron sustituidos por copias de bronce de calidad muy inferior. Los auténticos leones permanecen desde entonces abandonados en un almacén municipal de la Casa de Campo, expuestos a la intemperie, cuando deberían conservarse y exhibirse en un museo. Sería una magnífica forma de honrar a unos animales que, reales o esculpidos, forman parte de la historia de Madrid.