La etimología de la palabra alianza proviene de las palabras ad (hacia) y ligare (atar, unir). Para atar algo es necesario que esos algos sean cosas distintas las cuales se unen y la partícula hacia denota propósito o dirección. Es decir, se une para algo. Consistente por tanto con la primera acepción de la entrada del término en Tesoro de los diccionarios históricos de la lengua española, “Acción y efecto de aliar o aliarse una persona o una colectividad con otra, o con otra cosa, para una determinada acción”.
Por tanto, tenemos que entender que las alianzas son, por su propia naturaleza, temporales, en razón de un objetivo, y, por tanto, inestables. Los objetivos se pueden conseguir de varias maneras y con métodos distintos.
Decía Iradier cuando le regalaron el bodrio de Bizkaya por su independencia del botarate imbécil en sentido clínico de Sabino Arana, “Veo que cuando las cosas de España marchan mal, no se nos ocurren sino soluciones a la desesperada. Pero yo, que me siento muy éuscaro, prefiero como modelo a Juan Sebastián Elcano”.
La España a partir de los Reyes Católicos y hasta el desastre de 1898, fue el único país en el mundo que, más que alianzas, aunque las hubiera, buscó un verdadero sentido universal, católico, de lo que consideró en algún tiempo que era su misión en la historia. Más bien para la historia. Por ello nació en su seno el concepto moderno de los Derechos Humanos, con ellos, el Derecho Internacional basado en la dignidad del hombre, y un embrión del liberalismo y el sentido político de la Nación moderna con el individuo en el centro.
Sin embargo, una vez perdido eso, no ha habido ningún país en la historia tan empeñado en explicarse a sí mismo hasta la obsesión de la justificación. Casi tanto que más que una continuidad histórica común, se ha convertido prácticamente en un concepto. Discutido y discutible como diría esa mezcla absurda entre Lupin y Mr. Bean. Un concepto. Una idea.
Y como todos los conceptos son discutidos y discutibles, hemos actuado en el concierto internacional a medio gas. Incluso algunos conspicuos sonados, vuelta al PNV durante la Segunda Guerra Mundial o a la fregona gerundense que pace por Waterloo, han buscado alianzas como el que comparte sus ocurrencias en un bar: te suele atender y sin voluntad de escucharte, el más borracho o pendenciero. Es decir, te oye, que no escucha, y tú, paletico con la maleta de cartón, sin entender que fuera aquí sólo existe España y no como idea, sino como una Nación y un país que, puestos a no hacer el cretino puede ser, volver a ser, muy poderosa. Y, recordemos: las alianzas son frágiles. Nadie quiere que su aliado sea mucho más fuerte que él.
Ya lo decía Kissinger: “Ser enemigo de EEUU es peligroso, pero ser amigo es letal”. En diferente grado de poder, aplíquese al resto de países del mundo.
En los últimos días, hemos visto que el país, a diferencia de las ideas (que no pueden aunque muchos quisieran), arde. Que la Nación puede sufrir y mucho cuando no se protegen las puertas que están para eso. Y mientras unos miran al cambio climático o a los coches eléctricos en un caso, o a Marruecos que es el enemigo o a EEUU porque está a disgusto con nuestro tirano banderas traidorzuelo en el otro, lo cierto es que hay una cosa antes de todo eso: si el país no se discutiera, se trabajaría en él y no ardería ni la mitad aunque se concitaran todos los pirómanos del mundo aquí. Y que si no nos dedicáramos a jugar al Risk con un empacho de El ala oeste de la Casa Blanca digerida por una banda de analfabetos y malintencionados, ni Marruecos, ni EEUU, ni conspiraciones judeomasónicas varias entrarían aquí como Pedro por su casa.
Con ello claro, sí que podríamos dedicarnos a nuestras alianzas sabiendo lo que somos. Por tanto, respetados. Por tanto, conscientes todos de la fragilidad de las mismas, en un equilibrio cierto en el que todos sabrían que enfrente está España y no un juguete roto en manos de una banda.
Hasta entonces, estamos en manos de cualquiera.