El consumo mundial de vino en volumen disminuye desde hace años.
Sin embargo, el valor económico del mercado continúa creciendo.
No es una contradicción.
Es un cambio de paradigma.
Durante décadas hemos medido el éxito del vino en hectolitros, exportaciones o kilos de uva.
Quizá haya llegado el momento de empezar a medir los intangibles que sostienen el valor.
¿Cuánto valor es capaz de generar una hectárea de viñedo?
No necesitamos menos viñedo.
España debe preservar uno de los mayores patrimonios vitícolas del mundo.
No necesitamos producir menos vino.
El verdadero reto consiste en crear las condiciones para que cada botella pueda generar más valor.
Una viña vieja es tiempo convertido en identidad.
Cada viña que desaparece es una biblioteca que se cierra para siempre.
La cultura del vino ha evolucionado durante siglos.
España ha aprendido a hacer grandes vinos.
Ahora el reto ya no consiste únicamente en producirlos.
La próxima gran innovación trascenderá la viña y la bodega.
Ocurrirá cuando aprendamos a enseñar el vino de una manera nueva.
Ha llegado el momento de construir una alfabetización olfativa científicamente fundamentada.
Que sea capaz de desterrar el lenguaje pretencioso, ambiguo y contradictorio.
Que potencie el placer de descubrir la complejidad aromática de un vino.
Capaz de dialogar con las nuevas generaciones.
No como una acción puntual.
Ni como una campaña de marketing.
Sino como una política de largo recorrido.
Las campañas intentan cambiar lo que hacemos.
La educación transforma lo que somos capaces de hacer.
No para formar sumilleres.
Sino para formar consumidores libres.
Capaces de dialogar con el experto desde un lenguaje compartido.
La premiumización no empieza en la botella.
Empieza cuando el consumidor aprende a leer el lenguaje olfativo del vino.
Todo comienza cuando alguien se atreve a formular una pregunta muy sencilla:
«¿Qué estoy oliendo?»
Y poco después surge otra.
«¿Por qué este vino cuesta 25 € y este otro 7 €?»
Mientras no seamos capaces de ayudar al entusiasta a descubrir sensorialmente esa diferencia, el precio seguirá pareciendo una cifra y no la expresión de un valor.
Durante mucho tiempo bastó con apelar a la autoridad.
Bastaba con decir:
«Este vino tiene 95 puntos y medalla de oro»
Hoy eso ha perdido relevancia.
Si todos los vinos parecen iguales, competirán por precio.
Al aprender a distinguirlos mediante una experiencia olfativa propia, el precio deja de parecer arbitrario y empieza a tener sentido.
Por eso la educación olfativa deja de ser un gasto.
Se convierte en una inversión destinada a enseñarnos a leer el lenguaje olfativo del vino.
Un lenguaje que siempre estuvo ahí, pero para el que nunca nos enseñaron un alfabeto.
Una alfabetización que respete su complejidad y la haga accesible, permitiendo que cada persona la descubra a su propio ritmo, y desde su propia experiencia.
Porque el valor no reside únicamente en el vino.
El valor se completa en el encuentro directo entre el vino y quien aprende a comprenderlo.
La percepción despierta significado.
El significado crea valor.
Y el valor hace posible el futuro.
Porque la percepción del valor precede al valor económico.
Menos litros.
Más valor.
Sin arrancar una sola viña.
Firmado: El Perfume del Vino Plataforma de Investigación