Hay aventuras que, por su naturaleza casi novelesca, merecerían un mapa dibujado por Juan de la Cosa. Pero en España, hoy, necesitamos de un buen guía que nos advierta sobre las andanzas de José Luis Rodríguez Zapatero por tierras de Venezuela. Durante los últimos años ha sido, en este viejo territorio, donde la política se ha mezclado con la épica, bajo un incesante olor a petróleo, oro, joyas y maletas.
Hace unos años que Zapatero se presentó en Caracas como una suerte de mediador ilustrado. Surgió como el buen emisario de la concordia, asegurando que el sistema político venezolano era «profundamente democrático» y jurando que en esta tierra los procesos electorales gozaban de una completa limpieza. Sus docenas de declaraciones, repetidas en radio y televisión, apoyadas por el PSOE, son una generosa hemeroteca. Testimonio y convicción que tan solo unos pocos observadores internacionales no compartían, pero que aclamaban Pablo Iglesias, Echenique, Monedero y toda esa partida de rancios socialistas de pandereta.
Pero los aficionados a la historia sabemos bien que esa —la historia— tiene la fea costumbre de ajustar cuentas. Hace pocas semanas detuvieron a Nicolás Maduro y Zapatero no tardó en rectificar públicamente parte de sus afirmaciones. Quiso matizar lo que durante años defendió con ardor guerrero. Zapatero, ese ilustrado:
—Excelencia, ¿sigue usted sosteniendo que aquello era un ejemplo de democracia?
—Bueno… digamos que la realidad es más compleja de lo que parecía.
—¿Compleja?
—Profundamente compleja.
No cabe duda de que la política internacional está llena de giros inesperados. Nuestro Zapatero, quien en su día paseaba por los pasillos del Palacio de Miraflores con total serenidad, ha terminado reconociendo que quizá los ríos no desembocaban donde él pensaba. Tanto es el miedo a Trump, que seguramente no será ni el primero ni el último en descubrir que la geopolítica hispanoamericana exige mucho más que buena voluntad. Requiere prudencia, crítica y una compleja desconfianza hacia los relatos oficiales.
Fueron muchos y durante muchos años, en que organismos internacionales, observadores independientes y analistas de derechos humanos determinaron la existencia de docenas de irregularidades. Declararon tensiones institucionales, cientos de episodios de represión y acoso a jueces, fiscales, militares y periodistas. Entretanto, Zapatero seguía insistiendo en la necesidad de diálogo. Aparentaba ser el mediador sincero, pero lo hacía cargado de collares, anillos, pendientes y joyas engastadas con piedras preciosas.
Algunos buscan justificar a Zapatero diciendo que fue un pobre ingenuo y que pecó de optimismo. Seguramente algún lector sabrá sacar buenas conclusiones, pero lo cierto es que el resto continuaremos viviendo en la inopia con vagos recuerdos y simples sospechas. Y en este momento, mientras Venezuela atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia reciente, las palabras de Zapatero resuenan con un eco distinto. Porque ya no estamos ante el viajero entusiasta que regresa del Orinoco con historias de armonía institucional y paz mundial, ahora quiere enmendarse y explicar que tal vez el paisaje era más áspero de lo que parecía.
Sea como fuere, sus andanzas bien merecen un Especial Zapatero. Un relato que nos enseñe que, en política, como en las grandes expediciones no sirve con tener una brújula y un mapa, también es menester mirar con serenidad y saber leer las estrellas.