La brutal invasión marroquí a Ceuta, consentida (¿y alentada?) por el Gobierno central español, no es una novedad para nuestra Madre Patria.
¿Llegará el día en que Magdalena Pérez-Castejón le dirá a su hijo la frase que se le adjudica a Aixa?: "No llores como mujer lo que no supiste defender como hombre". O Pedro Sánchez, al ver una España islámica, sonreirá satisfecho, a diferencia del último rey moro. En definitiva, él es presidente del Gobierno español gracias a quienes niegan a España.
Pero atención: la islamización de Europa es un plan que excede la península ibérica. En mayo de 2025, el ministro del Interior de Francia denunció un plan "para llevar a toda la sociedad francesa hacia la sharia (ley islámica), que es incompatible con los principios del país". "Un rasgo de su metodología —afirmó el ministro— es acusar de islamofobia e incluso de racismo a quienes tratan de investigar estos hechos", tarea para la cual cuentan con un respaldo activo de la izquierda.
En Inglaterra, el 6,5% de la población es musulmana. En Londres, ese número se eleva al 15%. En Alemania, el 8 % de la población (cerca de 8 millones) es musulmana.
Lo más grave es que esta "invasión silenciosa" viene acompañada de una negativa a aceptar las costumbres de la sociedad que los acoge. Ellos pretenden imponer las suyas.
Los fenómenos migratorios son parte de la humanidad. En el siglo pasado, mi país recibió a millones de europeos y de habitantes de Medio Oriente que huían de guerras y hambrunas. Pero todos se integraron a nuestras costumbres y, en consecuencia, a la Argentina. Nadie le impuso a nadie lo propio.
Eso no ocurre con la migración islámica en Europa en general y en España en particular. Es un tema clave para el futuro cercano.