Tiempo de pensar

El laberinto de las fronteras

El escritor italiano, Umberto Eco, advirtió en sus escritos que interpretar no significa que todo valga. Quien no tolera la incertidumbre cree que toda pregunta esconde una respuesta definitiva. El fanático cree que ya la ha encontrado. El sabio aprende a caminar por el laberinto sin enamorarse demasiado de su propia interpretación. Vivimos rodeados de información, pero la información no siempre es conocimiento. Las redes sociales propagan todo tipo de informaciones, amplificando exponencialmente la difusión de certezas apresuradas.

Pocos debates muestran mejor ese riesgo que el de la inmigración y el racismo. El racismo, según la Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial 1965, consiste en todo trato desigual basado en la raza, el color o el origen nacional que menoscabe el ejercicio igual de los derechos humanos. Criticar conductas o dificultades de integración no implica atribuir inferioridad a un grupo. Del mismo modo, preocuparse por la capacidad de acogida de un territorio no constituye, por sí mismo, racismo. Confundir estos planos es enamorarse de la propia interpretación.

El derecho internacional prohíbe la discriminación y, al mismo tiempo, reconoce el derecho soberano de los Estados a controlar sus fronteras. El asilo protege frente a la persecución, pero no convierte automáticamente en refugiado a quien entra de forma irregular violando las leyes del país receptor. 

Ceuta ilustra esa tensión. Como frontera terrestre entre España y Marruecos, ha vivido episodios de entradas irregulares masivas —en mayo de 2021 y de nuevo en julio de 2026— que desbordaron temporalmente los dispositivos de acogida. Detrás de esos episodios confluyen factores estructurales: desigualdad económica, presión demográfica y redes de tráfico de personas. En estos contextos, suele ser la rapidez del flujo, más que el volumen absoluto, la que pone a prueba la capacidad institucional.

La historia ofrece precedentes. En 1962, tras la independencia de Argelia, cerca de un millón de pieds-noirs llegaron a Francia en pocos meses. En 1980, el éxodo del Mariel llevó 125.000 cubanos a Miami en medio año. En ambos casos, la llegada concentrada tensionó la capacidad de acogida y alimentó narrativas simplificadoras.

Analizar estos hechos exige distinguir entre trato digno y derecho ilimitado de entrada, entre prejuicio y discriminación, entre presión objetiva y amenaza existencial. Como recordaba Eco, el sabio no encuentra la salida del laberinto: aprende a recorrerlo sin absolutizar su propio mapa.