Nos levantamos al alba. En Honduras la jornada comienza muy temprano y, a las 6:30 de la mañana, ya estamos listas para empezar el día. Todavía no nos hemos recuperado del viaje: más de 11 horas de vuelo, una hora y media de coche hasta llegar a nuestro destino y un cambio horario de ocho horas respecto a España.
Nos alojamos en una residencia de la Fundación ACOES, una de las llamadas Casas Populorum, espacios destinados a jóvenes procedentes de comunidades alejadas de Honduras. Vivo en una residencia donde conviven unas 25 estudiantes. Para muchas de ellas, esta casa es mucho más que un techo: es la única oportunidad de acceder a la educación.
Poco a poco comienzo a conocer sus historias. Proceden de hogares humildes y de contextos de pobreza extrema, pero hablan de sus familias con amor y agradecimiento. Algunas me cuentan que durante años caminaron más de tres horas diarias para poder asistir a la escuela donde vivían.
Actualmente, ACOES cuenta con 19 residencias Populorum que permiten a cerca de 300 jóvenes de comunidades rurales acceder a la educación secundaria y universitaria. La organización se basa en la corresponsabilidad: todos colaboran con los proyectos de la fundación, ya sea impartiendo clases de apoyo, participando en iniciativas educativas o trabajando en las oficinas de ACOES.
La mañana del lunes la dedicamos a conocer la sede central de la fundación en Tegucigalpa. Resulta impresionante descubrir que gran parte de la gestión está en manos de jóvenes de entre 18 y 22 años. Son ellos quienes participan en tareas administrativas, contables, de comunicación, captación de fondos, formulación de proyectos e incluso auditoría interna. Más de 200 jóvenes contribuyen cada día al funcionamiento de una organización que además coordina escuelas, becas educativas, programas rurales y un centro de salud para cientos de familias.
La rutina de los residentes es intensa. De 7:00 a 12:00 colaboran en distintas áreas de ACOES; después almuerzan y asisten a la universidad hasta la noche. Pero ahí no termina su jornada. Las residencias también son gestionadas íntegramente por ellos: organizan las compras, preparan la comida, controlan los gastos y se encargan de la limpieza mediante un sistema rotativo. Los responsables del desayuno, por ejemplo, se levantan a las 4 de la mañana.
Lo que ACOES consigue con estos jóvenes es extraordinario. Pero igual de admirable es lo que ellos logran cada día. Entre trabajo, estudios y tareas domésticas, dedican más de doce horas diarias a construir su futuro. Algunos, incluso después de regresar de la universidad y cenar, continúan estudiando o ayudando a otros compañeros a través de tutorías.
Mientras escribo estas líneas, agotada tras una intensa jornada, miro a mi alrededor. Son más de las diez de la noche y la residencia sigue llena de actividad. Algunas estudiantes continúan haciendo tareas, preparando exámenes o ayudándose unas a otras. Mañana volverán a levantarse temprano.
Y es imposible no pensar que, en estas casas de Honduras, se está produciendo algo mucho más grande que un proyecto educativo: se están creando oportunidades, formando líderes y transformando vidas.
Porque la educación basada en amor, respeto y solidaridad es el camino.