Javier Cabello no es periodista y no pretende serlo. Lo deja claro. Su trabajo, explica, no consiste en investigar ni en publicar exclusivas, sino en tomar la información que otros profesionales han sacado a la luz, interpretarla desde su propia visión y contarla de una forma capaz de atravesar el ruido de las redes sociales.
Bajo el nombre de Ciudadano Alternativo, se ha convertido en una de las voces reconocibles del ecosistema de nuevos comunicadores políticos surgido en los últimos años. Un fenómeno que Cabello vincula tanto al cambio en los hábitos de consumo de información como a la pérdida de credibilidad de una parte de los medios tradicionales.
Tras El sistema y la madre que lo parió, publica ahora La gran estafa del poder. Si en su primer libro trataba de desmontar las contradicciones del sistema, en el segundo intenta dar un paso más difícil: explicar qué debería hacerse para cambiarlo.
Su tesis es contundente. España, sostiene, no atraviesa únicamente una crisis política. El problema es institucional, cultural y moral. Habla de natalidad, inmigración, pensiones, salarios, productividad, fiscalidad y desconfianza en las instituciones, pero sitúa el origen de la degradación en un punto más profundo: un sistema excesivamente dependiente de la voluntad de quien ocupa el poder.
Y lanza una advertencia especialmente significativa porque se dirige a su propio espacio político y a su propia audiencia. Para Cabello, una eventual alternancia no resolverá por sí sola ninguno de los problemas que denuncia. El verdadero examen comenzará al día siguiente.
En "El sistema y la madre que lo parió" desmontabas el sistema. En "La gran estafa del poder" ya no te quedas en la crítica e intentas plantear qué hacer. ¿Qué ha cambiado en estos dos años?
En el primer libro intentaba poner un poco de cordura sobre cuestiones que afectaban a todos: jóvenes, funcionarios, empresarios, autónomos, trabajadores por cuenta ajena o pensionistas. Eran temas en los que, aplicando simplemente un poco de sentido común, te dabas cuenta de que había muchas cosas que no funcionaban.
Pero en estos últimos años creo que hemos subido un escalón que asusta. Ya no bastaba con quedarse en el diagnóstico.
La gran estafa del poder combina dos cosas. Por un lado, intenta explicar por qué España está como está, cómo hemos llegado a este nivel de degradación política, institucional, social y cultural y qué estrategias políticas, incluso psicológicas, se han utilizado para llegar hasta aquí.
Pero el gran punto del libro es el segundo: hay un plan de acción. Intento plantear cómo podemos empezar a revertir la situación.
¿Crees que la situación ha llegado a un punto en el que ya no sirven las reformas superficiales?
Esta vez ya no sirve pintar las grietas. Hay que ejecutar un cambio fundamental y estructural. En el libro explico cómo entiendo la derecha social, la derecha mediática y la derecha política. Creo que se abre un espacio para que aceleren el cambio político, pero el problema llegará después.
Cuando les toque gobernar, si les toca, no bastará con cambiar unas personas por otras. Habrá que afrontar cambios en la cultura, la educación, las instituciones y los diferentes órganos del Estado.
En los últimos veinte años, desde Zapatero hasta Sánchez, pasando por Rajoy, no ha habido entre los gobiernos del PSOE y del PP un cambio estructural suficiente como para confiar en que una simple alternancia vaya a resolver los problemas de fondo.
La actualidad está dominada por los escándalos y los casos de corrupción. ¿Estamos dejando de hablar de problemas todavía más importantes?
Sí. Hay tantos escándalos políticos, casos de corrupción y episodios de degradación institucional que estamos perdiendo el foco. Me llama mucho la atención que en el Congreso, en los telediarios y en el debate social estemos permanentemente hablando de quién ha robado, quién es corrupto o cuál es el último escándalo, mientras hay grandes problemas que siguen avanzando.
Tenemos un problema gravísimo de natalidad, de vivienda, de inmigración, de pensiones, de estancamiento salarial, de baja productividad, del sistema fiscal y, sobre todo, de degradación institucional.
Si tengo que decir algo que Pedro Sánchez ha hecho bien en estos últimos ocho años, diría que ha señalado exactamente dónde estaban muchos de los problemas.
Es una afirmación llamativa viniendo de ti. ¿En qué sentido lo dices?
Todo el mundo sabía que había problemas con la independencia judicial, con la corrupción, con los nombramientos en las empresas públicas o con el funcionamiento de determinadas instituciones. Pero durante estos años hemos visto hasta dónde pueden llegar esos problemas.
Ahora sabemos que no basta con cambiar a las personas. No puedes construir un sistema cuyo funcionamiento dependa del límite moral de quien ocupa el poder, porque el día que llega alguien dispuesto a llevarlo todo hasta el extremo, el sistema no tiene defensas suficientes. Ese es el aprendizaje.
Hablas de reformas políticas e institucionales, pero sostienes que el verdadero cambio debe ser moral. ¿Qué significa?
Para mí, el cambio que necesita España es, fundamentalmente, un cambio moral. En el libro abordo siete grandes problemas que, a mi juicio, tiene el país: la natalidad, la inmigración, las pensiones, el estancamiento salarial, la baja productividad, el sistema fiscal y la desconfianza institucional.
Pero ninguno se puede resolver si no se parte de una serie de principios. Por eso hablo de diez mandamientos innegociables. Pueden parecer principios muy sencillos, pero son la base desde la que tienes que afrontar los problemas.
No puedes abordar la vivienda si no partes de que la propiedad privada es sagrada. No puedes afrontar la educación sin entender que el Estado debe estar fuera de las aulas todo lo posible. Y no puedes entender cómo debe funcionar la estructura empresarial de un país sin partir de que el emprendedor y el empresario son héroes y no villanos.
¿Y dónde entra la cultura en ese cambio?
En todo. Una de las cosas que la derecha ha perdido de vista es que vivimos en una batalla cultural permanente. La cultura ha sido uno de los grandes terrenos abandonados por la derecha en este país. Y hay que entender que existe una batalla y que hay que afrontarla.
Una de las cuestiones más polémicas del libro es decir que, cuando hay una batalla, existen adversarios que están combatiendo. No se trata de crear un nuevo trincherismo, pero sí de entender que hay personas y movimientos que defienden un proyecto completamente distinto al tuyo y trabajan para imponerlo.
Si no entiendes eso, ocurre lo que pasó durante el Gobierno de Mariano Rajoy: los cambios estructurales y, sobre todo, los cambios morales no se afrontaron.
Buena parte de tu audiencia es joven. ¿Qué papel desempeñan los nuevos creadores de contenido en esa batalla cultural?
Existe un gran debate que incluso está generando enfrentamientos entre los medios de comunicación tradicionales y los nuevos creadores que hablamos de actualidad política o de información, aunque no tengamos el título de periodista. Creo que muchos hemos aparecido por varias razones.
La primera es que, aunque parezca que los jóvenes no están preocupados por lo que ocurre, sí existe mucha gente interesada.
La segunda es que somos una consecuencia de la degradación de una parte de los medios de comunicación. No han sabido adaptarse a los nuevos formatos y, además, algunos han compadreado demasiado con el poder y han perdido credibilidad.
Y la tercera es que la información ya no se consume como antes.
Tú comenzaste precisamente durante la pandemia. ¿Por qué?
Creé la cuenta a mediados de 2020 porque no me podía creer lo que estaba viendo. Necesitaba que alguien contara de otra forma lo que estaba ocurriendo y, al mismo tiempo, tenía ganas de expresar lo que yo pensaba. Después me di cuenta de algo muy sencillo: había demanda. Existía gente que quería consumir ese tipo de contenido.
La audiencia ha cambiado. Es verdad que una parte se ha vuelto un poco vaga: quiere información rápida, no quiere profundizar y muchas veces se queda solo con el titular. El reto consiste en conseguir que, a través de un contenido corto, se le queden cuatro o cinco ideas en la cabeza.
¿Dónde sitúas la frontera entre tu trabajo y el periodismo?
Yo no soy periodista. No me dedico a informar, a investigar ni a sacar exclusivas. Lo que hago es relatar mi opinión y utilizar la información que han obtenido los periodistas que sí se dedican a investigar, a sacar información y a fiscalizar el poder.
Mi papel es otro. Consiste en adaptar esa información a los nuevos formatos y conseguir que llegue a una audiencia que probablemente no la consumiría de otra manera. Mi contenido forma parte de la batalla cultural que considero necesario afrontar.
Has llegado a defender que la derecha necesita propaganda. ¿No es peligroso utilizar ese término?
Es muy polémico y cuando lo digo la gente se asusta un poco. En España hemos visto durante muchos años a muchísimos propagandistas de la izquierda. Y creo que la derecha también necesita entender esa parte de la comunicación.
Cuando hablo de propaganda no me refiero a una propaganda burda, populista, basada en mentiras o diseñada para servir a un interés político concreto. Me refiero a hacer virales las cosas, a conseguir que una idea llegue a la masa y conecte con la gente. La propaganda en sí misma no tiene por qué ser mala. Depende de cómo se utilice.
Yo trabajo profesionalmente en marketing y publicidad y entiendo la importancia de ese punto. Puedes tener la mejor información del mundo, pero si no sabes contarla, no sirve de nada.
¿Has comprobado personalmente hasta qué punto una red social puede amplificar una información?
Sí. Recuerdo una información sobre David Sánchez, el hermano de Pedro Sánchez, y su situación fiscal en Portugal. Me enteré a través del trabajo del periodista Alejandro Entrambasaguas. La información llevaba varios días publicada y apenas la veía en otros sitios. La leí y pensé: "¿Cómo es posible que esto no esté siendo portada en todas partes?".
Encendí la cámara y grabé un vídeo contando lo que había publicado. En dos días tenía alrededor de diez millones de visualizaciones. Después empezaron a utilizar mis vídeos en programas de televisión y la información se extendió.
Eso es a lo que me refiero. El contenido, por muy bueno que sea, si no se cuenta y no llega a la gente, pierde gran parte de su capacidad de impacto.
¿Los medios tradicionales están entendiendo esa transformación?
Una parte del panorama mediático tradicional no lo está llevando demasiado bien. Y es lógico que exista tensión, porque esto afecta a muchas cosas: hacia dónde va la publicidad, quién controla el relato y cómo se distribuye la información.
Yo puedo tener, desde una cuenta de Instagram y con un móvil, o desde YouTube con una cámara relativamente barata, más millones de visualizaciones que algunos medios con presupuestos enormes. La información se ha democratizado.
Además, muchos de nosotros ni siquiera nos dedicamos profesionalmente a esto. Lo hacemos prácticamente como un hobby. Creo que debería existir una alianza entre los buenos periodistas que todavía quedan en este país y los nuevos comunicadores que han aprendido a conectar con otras audiencias.
Pero esa democratización también ha multiplicado los bulos y la falta de contraste. ¿No existe un problema real?
Por supuesto que existe. Hay comunicadores que cruzan la línea y convierten la propaganda en activismo político puro y duro. Yo no he tenido que rectificar una información porque no doy exclusivas. Comento informaciones que ya han sido publicadas y que intento contrastar previamente.
Pero también hay que decir algo: prácticamente todos los grandes medios se han equivocado alguna vez, han tenido que rectificar o han pasado por los tribunales. Hemos visto portadas de periódicos con bulos enormes. Todo el mundo tiene un sesgo político. Puedes interpretar una noticia de una determinada manera, equivocarte o pasarte de frenada.
Por eso creo que a veces es injusto presentar los bulos como un fenómeno exclusivo de las redes sociales. Hay bulos en las redes y también los ha habido en los medios tradicionales. Aquí no hay nadie absolutamente pulcro.
Si los grandes medios ya no tienen el monopolio del filtro, ¿quién debe ejercerlo?
La audiencia tiene que ser responsable. La democratización de la información permite que ya no necesites un gran plató de televisión para llegar a millones de personas. Pero precisamente por eso el público tiene una responsabilidad mayor.
Debe apoyar a quien considera que hace bien su trabajo y castigar a quien se corrompe o busca únicamente un beneficio económico o político. Con los comunicadores no hay que mirar solo los números que puedan tener en un momento determinado, sino cuánto tiempo mantienen la confianza de la gente.
Hay personas a las que les llega dinero público, dinero de partidos o determinados tratos de favor. Y eso termina condicionando lo que dicen y, sobre todo, lo que dejan de decir. La audiencia tiene que ser madura y saber dónde está la calidad. Y después, que sea el mercado el que evalúe. Eso se comprueba con el tiempo.
La audiencia decide, pero el algoritmo condiciona lo que esa audiencia ve. ¿Es hoy más peligroso que la censura?
Para mí, sí. Yo no creo que exista censura general en España. Si existiera, probablemente yo no tendría ninguna cuenta.
Otra cosa es lo que ha ocurrido en determinadas plataformas. A mí me han cerrado cuentas temporalmente y me han bloqueado vídeos. Antes de la llegada de Elon Musk a Twitter creo que existían determinadas prácticas muy discutibles. Pero el gran peligro del algoritmo no es solo que pueda censurar un contenido. Es la cámara de eco.
El algoritmo te da lo que te gusta y lo que consumes. Si alguien me sigue a mí y a otros comunicadores con una visión parecida, acaba recibiendo continuamente contenidos similares. Y entonces se pregunta: "¿Cómo es posible que, con todo lo que está ocurriendo, millones de personas sigan votando al PSOE?". La respuesta es muy sencilla: internet no es la vida real. Las redes sociales tampoco.
¿Has intentado salir de tu propia cámara de eco?
Sí. Hace poco hice un ejercicio muy curioso. Pensé que los comunicadores liberales, conservadores o de derechas estábamos teniendo una presencia enorme en mis redes y me parecía extraño. Así que empecé a buscar y a seguir perfiles de izquierdas o claramente favorables al Gobierno. Desde entonces no paran de aparecerme vídeos y contenidos completamente opuestos a lo que yo digo.
Ahí entiendes lo que ocurre. Si no haces ese esfuerzo de forma proactiva, el algoritmo te ciega. Te mete en una cámara de eco en la que olvidas que existe muchísima gente que no piensa como tú.
Por eso siempre animo a hacer algo muy sencillo: si yo comento un caso de corrupción, escúchame a mí, pero escucha también a quien critica mi interpretación. Solo así puedes tener una visión más completa de lo que está ocurriendo.
De todos los problemas que planteas en "La gran estafa del poder", ¿cuál consideras que es el más decisivo y menos comprendido?
La degradación institucional. Los países se definen por sus instituciones. Una sociedad funciona porque confía en que existen personas haciendo su trabajo y estructuras que actúan con una cierta independencia para que el país avance. Eso es lo que estamos perdiendo en España.
Antes, si escuchabas a un juez, a un responsable de una empresa pública, a un alto cargo de la Policía o de la Guardia Civil o a otras instituciones del Estado, existía una presunción de credibilidad.
El gran problema aparece cuando una parte de la sociedad deja de creer en todos ellos. Cuando no te crees al fiscal general del Estado, a un directivo de una empresa pública o a los responsables de determinadas instituciones, terminas degradando el sistema entero.
Y cuando todo el mundo piensa que todo está condicionado por una consigna, un mandato o un apoyo político, empieza la ley de la selva.
¿Por qué consideras que esa pérdida de confianza es tan difícil de revertir?
Porque no basta con cambiar a una persona. España es uno de los países en los que una gran cantidad de altos cargos de empresas y organismos públicos cambia cuando cambia el Gobierno. Se modifican las cúpulas y los responsables porque los partidos quieren tener el control.
Pero cuando una institución queda degradada en la mentalidad colectiva, cambiar al director ya no resuelve el problema. Pensemos en el CIS. ¿De verdad la gente que hoy desconfía del CIS va a volver a confiar automáticamente porque llegue otro Gobierno y nombre a otro presidente? No. Lo mismo ocurre con la Fiscalía. Cuando se instala en una parte de la sociedad la idea de que depende del Gobierno, no basta con nombrar después a un fiscal general más profesional. El daño ya está hecho.
España necesita un "rebranding" integral. Hay instituciones que no pueden limitarse a cambiar de responsable. Necesitan una reconstrucción capaz de recuperar la confianza.
Utilizas comparaciones muy duras con países como Venezuela. ¿En qué sentido consideras que España puede acercarse a ese modelo?
No digo que las situaciones sean idénticas. Lo digo por una razón concreta: porque cada vez existen menos contrapesos efectivos al poder del Gobierno. La diferencia entre un país con instituciones fuertes y un régimen degradado es que, en el segundo, el ciudadano deja de creer en cualquier organismo público porque piensa que todo está politizado. Eso es lo peligroso.
Podemos hablar de inmigración, de pensiones, de natalidad o de cualquier otro problema, pero para mí todo parte de las instituciones. Si las instituciones no funcionan y nadie confía en ellas, es muy difícil resolver todo lo demás.
Mirando a los próximos diez años, ¿qué tendría que ocurrir para que tus dos libros se leyeran algún día como la fotografía de una etapa superada?
Lo primero es asumir que quienes están ahora no van a cambiar esta situación. Los que queremos otro rumbo podemos intentar acelerar el cambio político. Pero quiero dejar algo muy claro: el problema no se va a solucionar cambiando al partido que gobierna España. No se va a solucionar. El verdadero trabajo comenzará después.
Mi mayor compromiso no es seguir comentando eternamente las tropelías que ocurren hoy. El gran reto llegará cuando haya un cambio político. La gran estafa del poder termina, justo antes del epílogo, con un mensaje dirigido al futuro Gobierno de derechas. Creo que el próximo Gobierno puede ser uno de los más importantes de la democracia española, junto al de Adolfo Suárez, porque recibirá un país con problemas estructurales enormes.
¿Qué habría que exigir a ese Gobierno?
Muchísimo más que un cambio de nombres. No podemos permitir que se limite a dar unas capas de pintura, sustituir a unas personas por otras y aprobar cuatro leyes para mantener la paz social.
A los que vengan después habrá que fiscalizarlos a un nivel del que quizá todavía no somos conscientes. No podemos permitirles que dejen de hacer lo que saben que tienen que hacer. Necesitamos políticos capaces de adoptar las medidas necesarias incluso pensando que quizá no van a revalidar el poder. ¿Es una utopía? Puede ser. Pero eso es lo que debemos exigir.
Hay que ser extremadamente exigentes. Incluso más duros con los que vengan después, porque nos quedan muy pocas oportunidades.
Es decir, tu mensaje no termina con un cambio de Gobierno.
No. Precisamente. Ahora existe un activismo muy fuerte contra quienes gobiernan y lo puedo entender. Pero, cuando cambie el Gobierno, no habrá que reducir marchas. Habrá que poner sexta y apretar como nunca.
No sirve de nada cambiar de Gobierno si después no se exige al siguiente que haga los cambios necesarios.Ese es uno de los grandes mensajes del libro.
¿Qué puede hacer, entonces, una persona corriente que comparte tu diagnóstico?
Lo primero es entender lo que está ocurriendo y entender cómo hemos llegado hasta aquí. José María Aznar pronunció una frase muy polémica: "El que pueda hacer, que haga". Tengo muchas diferencias con él, pero creo que en esa frase estuvo acertado.
Mucha gente se pregunta: "Sí, pero ¿qué puedo hacer yo?". Primero, entender. Después, dentro de las posibilidades de cada uno, aportar un granito de arena para ese cambio. El libro no pretende ser únicamente teórico. Hay un diagnóstico, pero también intento apuntar qué podemos hacer. Si Pedro Sánchez escribió un "Manual de resistencia", me gustaría que este fuera un manual de combate.