Ese socialismo que hoy se pavonea como benefactor universal —socialistas y auténticos jeques de la miseria— aprieta el cuello de España con la dócil ayuda de miles de funcionarios temerosos que están más atentos a conservar su silla que a servir a su pueblo. Y, al frente de todo esto vive Pedro Sánchez, el gafe del mundo, un tipo que nos riega con todas las catástrofes, ¡ni las doce plagas! El volcán, la Dana, una pandemia, España envuelta en llamas, la “eutanasia” a una niña sana, cuchilladas, apuñalamientos, odio, disparos, islamización, el brazo político del terrorismo en el Gobierno, el Hantavirus, pero también medio gobierno y su familia encarcelados o imputados. Y todo esto lo hace frente a un pueblo que es náufrago de sí mismo. La chusma apenas asoma la cabeza para respirar no vaya a ser que el deber les despeine la escasa dignidad que les queda.
Aseguran desde Moncloa que aquí cabe otro medio millón, o un millón y medio, o cinco millones, ¡qué más da! España parece un arcón sin fondo, cuando en realidad es un país exhausto. Todo lo justifican con discursos almibarados sobre bienestar y progreso, mientras la población vive desmemoriada hasta de sus mejores días. Es el pueblo animado a convertirse en súbditos dóciles y que además aplaude satisfecho viendo que no alcanzan a hacer la compra. Con todo, los socialistas quieren moldearnos a imagen de sus serviles afiliados. Buscan hacernos desinformados, temerosos y agradecidos por las migajas del poder. ¡Y lo lograrán! Lo harán porque estamos frente a una plebe tan maleable que ni siquiera la clarividencia de Ortega y Gasset pudo imaginarlo.
Así hemos llegado a esta España convertida en el hospital del mundo. Somos una ONG descomunal en donde la filantropía se practica con dinero y sonrisa ajena. Sin embargo, nadie quiere conocer que esta generosidad, tan celebrada en discursos y églogas de diario liberal, alguien la paga. Siempre es el mismo, el ciudadano que trabaja, la viuda que reclama su pensión y que la rechazan hasta el agotamiento, el joven que quería una vivienda o trabajar o simplemente un futuro que no se desmorone. Entretanto, los recién llegados son regularizados con la velocidad de un prestidigitador. Reciben antes que nadie ayudas, viviendas y cuidados, cuando todos sabemos que esto no es por necesidad, es una simple conveniencia política —o también el rendimiento económico de algunos—. Mientras tanto, los funcionarios y el pueblo agachan la cabeza por el eterno miedo al qué dirán.
Cada día leo las mismas noticias que son producto de ese ideal buenista, en todas las calles y barrios disfrutamos de diversidades, de actividades pedagógicas y didácticas. En un breve vistazo a la prensa, la radio y la televisión, asuntos como: Tres magrebíes golpean a una anciana en Palma de Mallorca; dos magrebíes abusan sexualmente de una joven en Jerez; un magrebí asesina de una puñalada a un joven en Madrid; dos colombianos discuten y termina con la muerte de uno de ellos en Valencia; en Navarra un marroquí engaña con juguetes a un niño, se lo lleva a su casa y abusa sexualmente de él; o también, en Barcelona, cuatro apuñalamientos en veinticuatro horas, con dos muertos. Y ahora, la última moda, es ir golpeando a la gente y grabándose con el teléfono.
España se arrastra hacia un retroceso terriblemente difícil de digerir. Somos un pueblo sin alma que se ha resignado a la rendición silenciosa que le lleva al olvido. Los españoles hemos capitulado ante la insensatez y nos dejamos seducir por el pan y el circo, mucho Bad Bunny, mucha fiesta y todo género de estupideces, pero conviene recordarles que cuando el circo consuma todo el presupuesto, entonces llegará el día en que ya no quede pan…, y para entonces no cabrán quejas, lloros ni lamentos.