Cuando fuimos peces

Voltaire en el ruedo y Manolete en la ilustración

España es ese país donde citamos a Voltaire con la misma soltura con la que pedimos un vermú, pero aplicamos la filosofía de Manolete con la precisión de un cirujano. Decimos muy serios: “Puedo no estar de acuerdo con ninguna de tus palabras, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlas”, y acto seguido añadimos, ya en confianza: “…pero si no sabes torear, ¿pa’ qué te metes?”

Esa es nuestra verdadera Ilustración: una mezcla de razón francesa y retranca ibérica, un cóctel explosivo donde la libertad de expresión se defiende con la boca… y se limita con el codo.

Voltaire soñaba con ciudadanos capaces de escuchar al otro sin desear su extinción. Qué tierno. Qué ingenuo. Qué poco español. Aquí la discrepancia se vive como deporte de riesgo: uno opina y enseguida aparece un espontáneo dispuesto a saltar al ruedo para corregirte, reeducarte o, en su defecto, llamarte “figura” con tono de insulto.

Porque en España no debatimos: embestimos. No argumentamos: arrebatamos. No escuchamos: esperamos nuestro turno para rematar.

Y cuando alguien se atreve a decir algo impopular, no aparece un héroe voltairiano para defender su derecho a hablar. No. Aparece el coro nacional, afinado como un pasodoble, para gritarle: “¡Manolete, Manolete!” con esa mezcla de burla, sentencia y pedagogía castiza que sustituye cualquier tratado de filosofía política.

Mientras tanto, los que intentan mantener el orden —los de verde, los que ven más discusiones que un árbitro de regional— observan el espectáculo con resignación. Saben que este país no necesita mártires de la libertad de expresión, sino gente que aprenda a opinar sin convertir cada frase en una cornada.

Porque, seamos sinceros: cuando fuimos peces, ya éramos así. Nadábamos en cardumen, sí, pero cada uno convencido de que su burbuja era la única con derecho a existir. Y si otro pez opinaba distinto, lo mirábamos con ese desprecio acuático que solo los peces y los tertulianos dominan.

Quizá por eso la frase atribuida a Voltaire nos queda grande. No porque no la entendamos, sino porque exige algo heroico: tolerar al otro. Y aquí somos más de tolerar solo al que piensa como nosotros.

Pero quién sabe. Tal vez un día logremos unir a Voltaire y a Manolete en una sola sentencia nacional: “Defenderé tu derecho a decirlo… pero si vas a hablar, por lo menos torea bien.” Ese día, si, habremos alcanzado la Ilustración cañí.