En una entrevista reciente, Chris Hedges conversaba con la documentalista Abby Martin sobre una de sus últimas entregas, ‘El mayor enemigo de la Tierra’ (‘Earth's Greatest Enemy’), que versa sobre la relación entre el aparato bélico estadounidense y sus nefastas consecuencias ecológicas. El ejército estadounidense, con alrededor de 1,000 instalaciones militares por todo el globo, consume unos 270,000 barriles de crudo al día, lo que equivale a unos 55 millones de toneladas de dióxido de carbono al año, cifra que supera las emisiones de 150 países. Si a estas emisiones directas se le añaden las de la fabricación de armas y demás industrias y servicios asociados, la cifra se dispara por tres. A estas emisiones aéreas hay que añadirles la contaminación del suelo y del agua en las propias bases militares y la causada por las guerras del imperio. Todo lo cual asocia ineluctablemente al Pentágono con el ecocidio.
Aunque intentaron blanquearlo con justificantes como la seguridad nacional, los derechos humanos, la libertad y la democracia, el imperativo colonialista ha sido siempre la ejecución de los dictados de las grandes multinacionales y del capitalismo internacional. Y en términos energéticos, lo único que les interesa es el petróleo. En su candidez y cursilería, Trump ha declarado abiertamente que sus acciones contra Venezuela e Irán, el primer y tercer productores de crudo del mundo, obedecen a ese objetivo. Esto no es nada nuevo sino la culminación de lo que venían haciendo desde el principio. La soberbia y el imparable ánimo de lucro de los EUA Inc. les obligan a una continua expansión militar, con el consecuente incremento del consumo de crudo y de contaminación ambiental, cuya espiral ecológica y económicamente insostenible apunta al militarismo como pieza clave de la decadencia y vocación suicida de todo imperio.
Históricamente, los estadounidenses, como beneficiarios de esta política expoliadora, se han lavado las manos de sus consecuencias. Pero el autócrata de Trump ha militarizado las fuerzas del orden, a las que emplea para suprimir a la oposición, en especial a los que tacha de ‘comunistas’, creando así un enemigo interno y equiparándolo con el enemigo exterior, por lo que nadie está a salvo. Esta involución antidemocrática está tan avanzada, que la Casa Blanca ni se molesta en venderle sus guerras al público, pues en torno al derecho del águila calva a la depredación no existe la menor discrepancia entre demócratas y republicanos. O sea que éste no es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo sino una plutocracia sanguinaria dispuesta a sacrificar tanto la naturaleza como la humanidad al becerro de oro de su egolatría.
Pero todo falso dios acaba cayendo por su propio peso. La impunidad de la que disfrutan estos eco-geno-suicidas es lo que les permite vanagloriarse del auge de la bolsa, de los bombardeos de Irán, del estrangulamiento económico de Cuba y de las oportunidades incomparables para la inversión en la necrópolis gazatí. Con el sistema bipartidista ideológica y moralmente en quiebra, la única vía de salvación que las fuerzas progresistas se plantean es la del socialismo ecologista y anti-imperialista, pues saben que el continuismo sólo conduce al precipicio de la barbarie. Lo tienen todo en contra, pero la lógica y la ética son impecables. Good luck, brothers!