Los colores del prisma

Después de Petro, el examen es Colombia

Cada cuatro años Colombia cambia de presidente. Este 7 de agosto será la posesión para el periodo 2026 - 2030. Pero, lo importante, por encima del relevo en una Universidad en Cali y no en el Bogotá, es saber si el país está dispuesto a cambiar la manera de proyectar su presente y su futuro.

Las expectativas van desde la convicción profunda hasta el desconcierto. Y no es para menos. Los problemas del país se han acumulado durante generaciones y cuando la esperanza se desvanece reaparece la frustración. Por eso, más allá del cambio de gobernante, lo que Colombia necesita con urgencia es una cultura política que produzca resultados efectivos.

El final del mandato de Gustavo Petro ofrece otra oportunidad para que los colombianos se pregunten si el verdadero problema ha sido el presidente que se va, o si también lo han sido el Estado que recibió, el país que lo eligió y una democracia que, en pleno siglo XXI, continúa en lenta evolución.

Gustavo Petro llegó al poder como expresión política de un profundo inconformismo social. Millones de colombianos votaron por un candidato progresista, con la promesa de romper inercias, desafiar privilegios y acelerar transformaciones aplazadas.

Durante décadas Colombia ha habitado una casa con grietas estructurales. Cada gobierno prometió repararlas. Algunos cambiaron las cortinas; otros pintaron las paredes; varios reforzaron una habitación, mientras otras seguían deteriorándose. Gustavo Petro llegó convencido de que era necesario intervenir la estructura de la construcción.

Cuatro años después, la casa es distinta. La discusión ya no es si cambió. La pregunta es si hoy es más sólida o es más difícil de habitar. Su gobierno abrió debates que no desaparecerán de la agenda nacional. Colocó sobre la mesa asuntos que reclamaban atención y modificó la conversación pública alrededor del papel del Estado, la equidad y el modelo de desarrollo.

Pero, al mismo tiempo, la gestión quedó eclipsada por un estilo de liderazgo personalista. Las confrontaciones permanentes, la dificultad para consolidar equipos estables, las sucesivas crisis políticas, los constantes cambios en el gabinete y los escándalos que alcanzaron a personas de su entorno terminaron ocupando espacios que debieron corresponder a los resultados del gobierno.

La comunicación en redes y la confrontación se convirtieron en protagonistas cotidianos. Gobernar va más allá de dominar el escenario mediático. Requiere transformar las palabras en acuerdos, las propuestas en instituciones y las expectativas en políticas públicas sostenibles.

Un presidente no puede pretender cobrar el tiro de esquina, recibir el centro y celebrar el gol. Su misión consiste en formar equipos, definir una estrategia y fortalecer las instituciones para que el país funcione incluso cuando él ya no esté. Cuando toda la atención gira alrededor del gobernante, el riesgo es que el proyecto dependa más de su personalidad que de la fortaleza estatal.

Quizá esa sea una de las mayores enseñanzas que deja el gobierno de Gustavo Petro. Fue el resultado de una Colombia que reclama cambios profundos. Pero no deja un Estado vigoroso. Entrega un país dividido, con reformas inconclusas, instituciones sometidas a fuertes tensiones y una sociedad que sigue esperando respuestas que ningún presidente, por sí solo, puede ofrecer.

Ahora comienza un nuevo gobierno. Cambia el nombre del presidente, cambia la orientación ideológica y cambian las prioridades. Falta por saber si también cambiará la manera de ejercer el poder.

La historia enseña que los países no se transforman simplemente porque eligen nuevos mandatarios. Cambian cuando fortalecen sus instituciones, mejoran la calidad de su democracia y comprenden que el futuro no depende de la voluntad de un caudillo, sino de la solidez de las reglas que todos están dispuestos a respetar.

La historia juzgará a Gustavo Petro con menos pasión que la política. Pesarán sus aciertos y sus errores, sus reformas y sus frustraciones. El examen importante no será el suyo. Será el de Colombia. 

Si dentro de cuatro años el país vuelve a despedir a otro presidente con la mezcla de esperanza frustrada y decepción renovada, el problema habrá dejado de ser sólo de quienes llegan al poder. Será también de una sociedad que no espera que un hombre haga lo que la ciudadanía puede construir. Comentarios a jorsanvar@yahoo.com de la Red Internacional de Periodistas RIP Press.