La historia universal nos muestra continuamente una letanía de grandezas malogradas que, como un eco pertinaz, nos recuerda la fragilidad del poder y la veleidad de quienes le rodean. Desde los albores de la civilización han existido los aduladores del poder, un cáliz envenenado que pocos saben sostener sin que les terminen quemando las manos. Y así, generación tras generación, contemplamos un mismo drama, líderes que ascendieron como titanes y que cayeron como mendigos viendo como sus acólitos huían al primer temblor con la presteza del mercader que esconde su bolsa.
Es sabido que el poder absoluto deshumaniza convirtiendo a los hombres en simples sombras que viven del miedo ajeno. Un ejemplo fue Nabucodonosor, rey de Babilonia, quien se creyó dueño de los destinos del mundo. Terminó vagando como una bestia y abandonado por los mismos cortesanos que antes se prosternaban ante él. O Calígula, emperador de Roma, que convirtió su trono en un auténtico teatro de crueldades y caprichos. Sus senadores —como los diputados actuales— eran muy valientes en susurros, pero callaron mientras él deshonraba la dignidad del imperio. Sólo cuando cayó bajo los puñales, todos fingieron haber sido siempre enemigos de su locura. Y no olvidemos a Nerón, que incendió Roma culpando a inocentes. Vivió rodeado de artistas serviles y libertos ambiciosos que alimentaban su delirio. Cuando un día el pueblo se alzó, todos los lacayos desaparecieron, dejándole solo y sin más compañía que su propio miedo.
En Oriente, Qin Shi Huang, el unificador de China, fue una especie de Pedro Sánchez porque edificó su poder sobre el terror y la censura. Sus ministros quemaban libros para complacerle, pero fueron los primeros en conspirar cuando la muerte del emperador abrió la puerta a un futuro que se presentaba incierto. Más cerca tenemos al famoso Robespierre, el Incorruptible, decían. Instauró un régimen verdaderamente sanguinario. Sus adjuntos aplaudían cada cabeza cortada, pronto se apresuraron a condenarle cuando la guillotina empezó a mirar hacia ellos. Al final el verdugo terminó siendo devorado por su propio mecanismo. O Stalin, el gran asesino del siglo XX. Convirtió el miedo en doctrina de Estado y vivió rodeado de burócratas que temblaban con solo mirarle. Cuando agonizó, los mismos que habían firmado purgas y deportaciones fingieron ignorancia como si no hubiese corrido la sangre de miles de inocentes.
Siempre se repite el mismo patrón. El tirano exige obediencia absoluta y los vasallos se la dan mientras les conviene. Pero cuando las paredes del edificio crujen, los mentirosos zalameros se transforman en delatores y los aliados en verdugos. Los fieles seguidores pasan a ser traidores cuando el tirano cae, cosa que suele ocurrir no por la fuerza del enemigo, sino por la cobardía de sus propios “amigos”.
El tirano en su soberbia nunca entiende que la lealtad no debe de llegar por miedo y que aquel que se arrodilla por conveniencia, pronto se levantará por beneficio. Y digo así, que siglo tras siglo asistimos al mismo espectáculo con la aparición de un déspota que se cree eterno y una corte que le ríe las gracias. Pero siempre llegará ese día en que, como hizo Judas, querrá vender a su amo por treinta monedas o por un futuro más incierto.
Al final la tragedia no está en la caída del tirano —que siempre es justa— sino en la obstinación de los cobardes que le rodean. Ellos son los verdaderos artífices de la ruina moral de los pueblos, de los que callan, consienten y aplauden mientras conviene. Sin duda el tirano es un monstruo, pero sus cómplices son una plaga.