Entre la ley y la honestidad

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Sueño
Sueño

Cuando la mente está completamente silenciosa, tanto en los niveles superficiales como profundos, lo desconocido, lo inconmensurable, puede revelarse.

(Jiddu Krishnamurti)

Marina decidió acostarse, como cada día, para descansar. Su trabajo requería grandes dosis de fuerza y de paciencia combinadas, y era imprescindible que su cerebro se recuperara.

A pesar de ser consciente de esa necesidad, cada vez que llegaba la hora de preparar la cama para dormir sentía miedo.

No era la primera vez que despertaba en medio de la oscuridad sintiendo algo raro; un peso sobre sus piernas, sobre su espalda. "Es mi gato" se decía en sueños a sí misma...pero nunca lo había tenido. A veces como defensa el inconsciente crea razones para justificar lo inesperado. Al darse cuenta del sinsentido de su pobre argumentación, se estremeció y despertó. Así varias noches.

Había oído hablar de "los visitantes de dormitorio": la sensación de presencia, la presión que alguien o algo desconocido ejercía contra la persona en duermevela, la parálisis, el miedo.

Ella siempre consideró que aquello no eran sino sueños, muy nítidos…pero sueños.

En una ocasión, una de tantas noches tan lejanas de ser reparadoras, le sobrevino otro de esos extraños sueños.

Pero no imaginó lo decisivo del mismo.

Se encontró en un lugar que ella sabía que era su habitación...pero no "veía" mueble alguno, más bien "sentía" que era su cuarto. Y allí, con ella, dos sombras.

Percibía un mal ambiente, un estado enrarecido. Lo que pudo ver no era identificable con personas; tenían silueta de tales, pero no había brazos, sino sólo tronco y cabeza...así lo quería asimilar ella.

 "¿Tú qué haces aquí? Tú no perteneces a este sitio". Éste fue el mensaje que, sin oírlo, le transmitieron.

Y súbitamente despertó.

La intranquilidad de Marina aumentaba cada día. Si bien las visitas ya no eran frecuentes, era incapaz de dormir bien.

Una noche, después de meses, ya poco a poco asumiendo que aquellas presencias parecían haberse olvidado de ella, la situación volvió a producirse.

Un peso sobre la cama...sobre sus piernas...sobre ella.

Pero algo ya no fue igual. No hubo parálisis. No hubo miedo.

Marina abrió los ojos y se levantó.

Con toda la rabia de la que era capaz, agarró a aquella sombra que estaba al lado suyo. Se sentía fortísima, liviana...no tenía peso, pero jamás fue tan poderosa.

A través del largo pasillo de su piso, Marina arrastró al ser hasta el balcón; su inmaterialidad le permitió atravesar la persiana, que estaba bajada, y arrojó a aquella criatura a la calle.

A la vuelta hacia su habitación, pasando al lado de una butaca, pudo notar que alguien la besó en la mano.

Desde entonces nada perturbó su sueño.