Fortuna Imperatrix

Todos al talego

El gran cuentista Medardo Fraile nos invitó en su día, a quienes asistimos a la presentación de un libro suyo en Madrid, a desarrollar el embrión de la siguiente idea: una noche de invierno (esto suena a Italo Calvino), una señora mayor viaja en autobús y, junto a ella, pese a que no hay más pasajeros a bordo, se sienta otra señora que acaba de subir en una parada cualquiera. Sin mediar palabra, esta segunda mujer saca del bolso unas esposas y aprisiona con un rápido movimiento las muñecas de ambas. De este modo no pasará la noche sola, le explica satisfecha a su nueva amiga.

Se trata del sempiterno tema de la cárcel y la soledad, un tanto desvirtuado desde que se ha demostrado que el mejor lugar para combatir la melancolía es un centro penitenciario. Esto lo vislumbraron antes, pero mucho después de la historia del bus, los ancianos japoneses expulsados de las áreas de descanso de los grandes almacenes que se reunían en ellas, y a quienes no les quedó otra que vulnerar la ley para lograr plaza en propiedad en una prisión donde pasar el tiempo acompañados. La única condición que debían cumplir era la de cometer un delito de gravedad suficiente.

Gracias a la insigne Concepción Arenal, nacida en Ferrol en 1820, autora de la máxima “odia el delito y compadece al delincuente”, los penales españoles (cada vez más frecuentados por ilustres personajes), cuentan con todo tipo de servicios en aras de la reinserción de los internos. Este deseo, sin embargo, choca en numerosas ocasiones con la cruda realidad, porque quién va a querer reincorporarse a la dura vida fuera de los barrotes cuando dentro de ellos es regalada a costa del erario público: menús adaptados, gimnasio, biblioteca, economato, enfermería, talleres ocupacionales, salón de actos, patio de recreo, economato, peluquería, posibilidad de estudios universitarios a distancia, encuentros vis a vis, etcétera. 

En fase de reeducación para la sociedad, el presidiario, convertido así en “cliente” gratuito, de paso hallará una magnífica alternativa al problema de la escasez de la vivienda, o, en su caso, la definitiva solución habitacional a las costosas residencias de ancianos, al quedar exento de cualquier gasto de comunidad, IBI, agua, luz y gas que se genere, y, por supuesto, del de Vigilancia 24 horas, prestado aquí por los mejores profesionales; y si alguien alegara que el exceso de rejas afea su imagen, podría replicarse que estas no son muy diferentes de las que adornan los recintos de las más lujosas urbanizaciones de nuestras ciudades.

 Cuando Mario Conde fue al trullo, un recluso, en una viñeta gráfica de Ricardo y Nacho de hace 28 años, le saludó con estas palabras: “¡Señor Conde, qué ilusión! Cuando yo estudiaba empresariales quería ser como usted. Y ya ve, ¡lo he conseguido!”.

 O sea que también se hacen importantes amistades para siempre. Y con un poco de suerte hasta te puede visitar el sucesor de Pedro.