Les arrancaban el corazón y luego los empujaban gradas abajo desde la Pirámide de la Luna para significar que eran guerreros vencidos, los mismos que habían osado penetrar las huestes otomangues, las tierras de totonacos o nahuas, en busca de una carga de maíz o fríjol. Sí, porque en Mesoamérica hubo Guerra Frijolera, nombre dado así a las batallas por esta leguminosa de la que puede vivir un pueblo entero sin consumir otro alimento.
Ocurrió hace 2.300 años y con el viento y el exterminio mutuo entre tlaxcaltecas, mixtecas y zapotecas, además de la posterior expoliación con la llegada de Hernán Cortés, la sangre que daba color a la piedra teotihuacana se fue difuminando y los rituales guerreros como el nombre de Huitzilopochtli, quedaron en los libros de historia y en las narraciones de los guías de turistas que cada año acuden ahí para hacerse fotos en la cúspide.
El martes 20 de abril de 1999 en Littleton, Colorado, era un día de primavera soleado, con escasos viajantes por la carretera estatal y jóvenes esperanzados en la escuela de Columbine. De pronto, a las 11:19 de la mañana, se escucharon ráfagas que percutieron hasta el fondo de las aulas. Doce estudiantes y un profesor fueron cayendo uno a uno, en la peor masacre que se recuerde en los últimos años en los Estados Unidos.
Los responsables de esta sangría fueron Erick Harris, de 18 años y Dylan Klebold, de 17, quienes se suicidaron al final del ataque. Julio César Hasso Ramírez, el hombre de 27 años que acaba de asesinar a una turista canadiense y de dejar heridos a 13 visitantes, el pasado 20 de abril, era un “columbiner” como se conoce en la subcultura digital a los seguidores de este macabro hecho. En sus memorias dejó múltiples alusiones a estos lugares de pirámides y gradas donde se realizaban “rituales sagrados”.
El sacrificio con seres humanos se dio en la antigüedad. Era una manera de dar “testimonio de gratitud”, más las humaredas “hacia el cielo” se realizaban mayormente con carneros, los más sanos y gordos para impregnar de grasa esas elevaciones.
Julio César quiso continuar la saga maldita de Columbine y mientras disparaba hizo sonar una canción y amonestaba a los que ahí estaban diciéndoles que este “era un lugar sagrado”. Según el registro policial, se quitó la vida. Estaba armado con un revólver Smith Wesson calibre 38.
Este hecho permite pensar en la existencia de una secta destructiva -se cree que existen 118 hoy en el mundo- larvadas con intenciones demoníacas en las que se cree que el asesinato masivo redime al que lo ejecuta. Por ello, el mundo debe estar atento a lo que se mueve en las redes, en los canales subterráneos por ellos creados para no ser detectados. No esperar al próximo 20 de abril.