Abrir la mente y el corazón

Remar a contracorriente

En 2025 se produjo el mayor recorte de financiación para la cooperación al desarrollo y la ayuda humanitaria internacional de la historia reciente. Como consecuencia, fueron cerrados programas esenciales de inmunización, educación, empoderamiento de comunidades rurales, atención a víctimas de conflictos bélicos, provisión de medicamentos, investigación y prevención de enfermedades infecciosas. Las consecuencias ya se están haciendo visibles allí donde la ayuda es, literalmente, una cuestión de vida o muerte.

Sin embargo, España ha decidido actuar de otra forma.

Durante 2025, diez millones de personas más se beneficiaron de proyectos financiados por la cooperación española en países del Sur Global. 

Según la Coordinadora de Organizaciones No Gubernamentales para el Desarrollo de España, que agrupa al conjunto de ONG del país, en los últimos dos años tanto el volumen de financiación como el número de personas alcanzadas por la cooperación española crecieron un 20%. Este avance contrasta de forma contundente con los recortes aplicados por algunos de los principales países donantes del mundo, como Estados Unidos, Reino Unido, Alemania o Francia, cuyas decisiones ya están teniendo efectos negativos en ámbitos clave como la salud y la educación a nivel global.

Datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) informan que, la ayuda oficial al desarrollo registró un retroceso récord en 2025 del 23,1% con respecto al año anterior (según datos de 34 países analizados). En 2024, ya había caído en un 7,1%. Esto quiere decir que en apenas dos años el volumen de la cooperación de los principales países donantes del mundo ha disminuido en más de un 30%. Sin embargo, frente a esta reducción, la cooperación española aumentó esa ayuda un 12% en 2024 y un 13% en 2025.

España contribuye así a mitigar los impactos de los recortes globales y se posiciona como un actor que materializa su compromiso con el sistema internacional de cooperación. ¿Es suficiente? Claro que no, pero lo destacable es que España marca la diferencia.

Hoy, más que nunca, palabras como empatía, solidaridad o mirar al otro son sumamente necesarias. Vivimos en un mundo donde se insiste en que cada cual debe salvarse solo, donde se instala la idea de que lo colectivo es una carga y que la solidaridad es incompatible con la libertad. Ese relato no es inocuo: deshumaniza, aísla y normaliza la indiferencia.

Y, sin embargo, la esperanza persiste. Aunque el discurso del odio haya ganado terreno, sigo convencida de que la solidaridad es parte esencial de la condición humana. No son las personas solidarias las excepciones; sino el ruido que producen quienes promueven el miedo, la violencia y la exclusión cuando alcanzan posiciones de poder y encuentran respaldo social.

La historia nos lo recuerda una y otra vez. Pero también nos ofrece otros referentes: líderes cuya coherencia entre palabras y actos sostuvo la dignidad humana hasta el final. Martin Luther King, Gandhi, la madre Teresa, el papa Francisco, o las voces jóvenes que hoy, como Greta Thunberg, se niegan a aceptar la indiferencia como norma.

Hay esperanza, pero no es pasiva. Exige compromiso y educar a nuestros hijos y jóvenes en la idea de que toda vida importa, y que cada gesto cuenta. Exige confrontar el discurso del odio no solo con palabras, sino con decisiones, políticas públicas y actos cotidianos.

Porque ayudar siempre es posible, y en tiempos de cinismo y egoísmo, elegir la paz, el amor y la solidaridad sigue siendo una forma profundamente revolucionaria de habitar este mundo.