Con todo respeto

Somos responsables de la paz (y de la guerra)

Me parece llegado el momento de que se oigan las voces de los que no gritamos.

Creo que deberíamos hablar un poco más alto los miles o millones de seres silenciosos que no afilamos los cuchillos ni andamos a dentelladas sangrientas cuando expresamos nuestra opinión.

Los seres humanos nos repetimos y repetimos la historia de la humanidad muchas veces. Es cierto que no es una mera reproducción cíclica de lo ya vivido, eso sería ya para hacérnoslo mirar, aunque con la que tenemos montada ya nos vale. Nos repetimos en espiral, modificamos incrementando ligeramente una parte de la órbita anterior para ampliar su cobertura e incorporar determinados elementos que no existían en el momento histórico precedente. Pero, indudablemente, nos repetimos.

El Coloso, de Goya (Museo del Prado)
Lucha con garrote, de Goya (Museo del Prado)

Nos aburrimos de vivir en paz.

Buscamos la confrontación. Después de una gran guerra nos acercamos al enemigo, vencedor o vencido, para intentar la convivencia y la construcción de todo lo que se ha destruido al paso de ese horrible jinete apocalíptico. Lamentamos las muertes, las heridas, las ruinas, el tiempo perdido, la desesperación, las cicatrices. Creamos organismos internacionales para poner coto a la locura, edificamos museos de la memoria para que no se olviden los errores y los horrores. Trabajamos denodadamente por la paz y premiamos a los pacíficos y a los que han trabajado con la solidaridad como objetivo prioritario.

Pero los largos periodos de paz nos aburren enormemente. El cielo empieza a parecernos un lugar monótono, de una tibieza sosa que nos repugna, un lugar incluso frío, desapasionado, donde no hay demasiados retos. La felicidad y el amor son palabras blandas, caramelos para niños, demasiado melifluo todo.

Las generaciones que han sufrido una guerra y una posguerra hablan del infierno, de las horas kafkianas, de los días dantescos, de las bombas, del hambre, de la injustica y la desolación, de quedarse sin hogar, de la tristeza constante del alma y del estómago. Ellos intentan convencer a las generaciones que los suceden, a sus hijos y a sus nietos de que no deberían repetirse las luchas porque el resultado siempre es demasiado horrible y genera seres inhumanos, deshumanizados, con semillas de odio que crecen y se multiplican.

Los hijos, quizá, conservan ese miedo genético en el cuerpo, pero los nietos o los bisnietos han tenido la capacidad de olvidar, de olvidarlo todo. La inoculación de la vacuna contra la guerra no dura más de dos generaciones.

Dos mujeres en el Líbano (by G. Nistal)
Dos mujeres en el Líbano (by G. Nistal)

Y entonces paulatinamente van surgiendo de nuevo las pequeñas contiendas, primero meramente verbales: la controversia irrespetuosa, la descalificación, el insulto desmedido. Giramos la rueda de la intensidad y subimos un grado el nivel: comenzamos con el juego sucio, con la difamación, con la mentira. Otra vuelta de tuerca más y todo vale para acabar con el enemigo, cualquier medio justifica nuestros fines. Necesitamos que caiga, cueste lo que cueste, acabar con el otro es el objetivo, con el que no piensa como nosotros, nos hemos convencido de que le odiamos porque objetivamente nos hace daño, a nosotros personalmente, sabemos que su existencia es incompatible con la nuestra, deseamos que fracase, o que desaparezca, o mejor, que muera. Incluso, si lo tuviéramos cerca, nos gustaría matarlo con nuestras propias manos. 

Y entonces hemos llegado al punto exacto, a la línea de salida para comenzar la nueva curva concéntrica de la espiral, el inicio de las hostilidades en las que ya no cabe el diálogo ni la diplomacia. Se nos ha agotado la paciencia y vamos a repetir lo peor de nuestra historia.

Estamos en ese punto en la historia de España (y de la tierra) en el creo que aún podríamos dar marcha atrás a tanta beligerancia inútil. Nuestros políticos de izquierdas o de derechas, de extrema izquierda o de extrema derecha posiblemente no lo estén haciendo demasiado bien, pero resulta que nos representan, que los hemos votado y son lo que tenemos. Y, de una manera o de otra, son lo que nos merecemos, son nuestros primos ínter pares y los hemos elegido. Al menos eso tienen de bueno las democracias como la española.

Quizá no todo pueblo merezca a sus políticos y los norteamericanos no merezcan al performer demoniaco aspirante a emperador, ni los iraníes merezcan a sus ayatolás, ni los rusos merezcan al endiosado Putin ni China merezca…

No sé los gobernantes que merecemos en España, sé a los que yo voto y a los que yo quiero, que, dicho sea de paso, cada vez son más minoritarios, porque estar centrado está muy mal visto, y es algo boomer o vintage, aunque luego nos quejemos mucho de que solo hay polarización y faltan partidos políticos que no estén en espectros tan extremos. Lo que sí sé es que ha llegado el momento de que todos hagamos concesiones, de que nos pongamos a dialogar con todas las partes, de que cedamos todos algo en nuestras posturas para llegar a un común acuerdo, aunque sea de mínimos, un mínimo o un máximo común, pero algo común.

En mi opinión tenemos la responsabilidad de bajar la intensidad de la confrontación, tenemos la responsabilidad de trabajar por el bien común y no sólo dar pasos por el sálvese el que pueda propio. Los políticos están dando muy mal ejemplo, pero también la mayoría de las figuras públicas que salen en la televisión, los periodistas, por ejemplo. Hay programas antes de los telediarios que son fuente constante de contiendas.

El ambiente influye: si todo está tensionado nos tensionamos, si todo está polarizado, nos posicionamos en lugares extremos. Si hay insultos, insultamos. Si todo es amargura no hay lugar para la sonrisa. Si el suelo está sucio tiramos basura.

Pero si el suelo está inmaculado, cuesta más tirar basura en él. También los buenos sentimientos son contagiosos. Será blando y trasnochado, pero considero que debemos trabajar por la concordia, por el acuerdo y la negociación, por la sonrisa abierta para todos, sea cual sea su edad, religión, raza, expresión sexual, filosófica o de pensamiento.

Creo que somos millones los seres pacíficos que abominamos de este peligroso momento histórico y espero con todas mis fuerzas que no lo tengamos que lamentar porque se haya roto la cuerda de tanto tensionarla.

Creo que, todos y cada uno de nosotros en nuestro ámbito, en nuestro microcosmos, todos, somos responsables de evitar las guerras y trabajar por la Paz.  

       

Más en Opinión