En la rebotica llega luz a mi retina, el cerebro construye una imagen y creo que esa es la realidad. Pero sé que lo que veo es apenas una fracción minúscula del universo. Lo que tiene luz, forma y color existe para nosotros; lo demás queda relegado a lo invisible. Sin embargo, lo invisible es la mayor parte del cosmos.
El espectro electromagnético, de las ondas de radio a los rayos gamma, parece un catálogo completo de la realidad, pero no lo es. El universo lleva miles de millones de años emitiendo señales en lenguajes que no usan fotones, donde se escribe gran parte de su historia.
En 2015 se detectaron ondulaciones en el propio tejido del espacio-tiempo. El universo vibró y, casi por casualidad, pudimos escucharlo con instrumentos capaces de distinguir esas notas entre el ruido. Las ondas gravitacionales no son luz ni calor, son la huella de arcaicas colisiones cósmicas. Algunas son tan lentas que su ciclo completo supera la edad del universo.
A la vez, trillones de neutrinos atraviesan nuestro cuerpo cada segundo sin detenerse. No chocan, no frenan, no se desvían. Son partículas fantasmagóricas que no interactúan con la luz.
Y existe algo aún más desconcertante: un fondo de neutrinos generado cuando el universo tenía apenas un segundo de vida, mucho antes de que la luz del Big Bang pudiera liberarse 380.000 años después. Es una huella fósil casi imposible de atrapar, viajando desde entonces sin detenerse ni interactuar con nada. Ningún telescopio puede verla, nuestros ojos jamás la percibirán. Si algún día lográramos detectarla, estaríamos escuchando el eco más antiguo que existe.
También podría existir un fondo primordial de ondas gravitacionales, generado cuando el universo tenía una edad de entre 10⁻³⁶ y 10⁻³² segundos. Detectarlas sería observar sin luz lo que ocurrió antes de que el cosmos se iluminara por primera vez, cuando el espacio se expandía más rápido que la propia luz. Una vibración antiquísima, anterior a todo lo que hoy podemos ver.
En física cuántica, todo lo que existe es una vibración. Un electrón no es una bolita, sino un modo de oscilación de un campo. Fotones y quarks, también. Esos campos existen incluso cuando no vibran. Rodean cada átomo, cada molécula, cada centímetro de vacío.
La luz es uno de los idiomas posibles del universo y nuestra percepción solo la entendemos en ese idioma.
Todo lo que vemos, estrellas, planetas, galaxias, nosotros mismos, es solo el 5% del cosmos. El resto es materia y energía oscuras. Lo invisible es mayoritario.
A veces, cuando cierro el libro y levanto la vista, me doy cuenta de que el universo y las personas compartimos un mismo misterio: ambos escondemos más de lo que mostramos. La luz revela, sí, pero también engaña.
Quizá el reto no sea ver más lejos, sino aprender a mirar de otra manera. Porque tanto en el cosmos como en la rebotica, lo verdaderamente profundo suele estar en lo que no brilla.