La psicoeducación puede definirse como una aproximación terapéutica científicamente contrastada, a través de la cual se les proporciona a los pacientes la información de su caso particular, incluyendo el tratamiento adecuado y el probable pronóstico. Dentro de este probable pronóstico, se hace hincapié en cómo factores contextuales, biológicos y cognitivos pueden interferir en el proceso de recuperación y cómo actuar frente a ellos. Junto a la entrevista motivacional de W. Miller y S. Rollnick (1991) forma uno de los principales componentes iniciales del proceso terapéutico.
A lo largo de la historia, el concepto ha ido evolucionando, dando lugar por ejemplo, a la psicoeducación preventiva en ámbitos comunitarios, es decir, ha dejado de circunscribirse únicamente al campo clínico; esto lo vemos por ejemplo en campañas de concienciación sobre la salud mental, talleres sobre tolerancia cero ante situaciones de violencia, exposiciones sobre la importancia de no discriminar por ningún motivo y un largo etcétera. Lo relevante de esta situación es fijarse en sus consecuencias, en teoría deberían ser positivas y lo son en muchas ocasiones. Sin embargo, en muchas otras, sale cruz en la moneda: personas sin la formación y los conocimientos adecuados ejercen como pseudoterapeutas con las graves consecuencias que ello tiene; además de la sobreinformación y la saturación (consciente o inconsciente) que todo ello supone; conllevando a personas a ejercer herramientas de una forma errática en su día a día, tergiversando libertad y libertinaje. Por ejemplo, confundir “poner límites” con actuar egoístamente, rozando el narcisismo, justificándolo en el “autocuidado”.
Otra consecuencia de la psicoeducación mal empleada, la encontramos en cómo se distorsiona al receptor de la misma. Por ejemplo, una persona expuesta a acoso escolar obtiene psicoeducación, igualmente una persona que acude a consulta para gestionar su ansiedad e ira la recibe también; otra persona que acude por tener una “mala relación” con la comida, efectivamente también recibirá psicoeducación.
En estos casos, quienes reciben psicoeducación son las “víctimas”, mientras que los “agresores” permanecen fuera del foco. Si los compañeros y compañeras de clase del primer ejemplo, tuviesen la inteligencia emocional suficiente, no discriminarían. Si los compañeros y compañeras de trabajo del segundo ejemplo, no “bromeasen” sobre su orientación sexual, quizá la ira y la ansiedad no estuviesen tan presentes. Si los familiares del tercer ejemplo, no hiciesen comentarios respecto al físico de la tercera persona, adivinen: quizá la relación con la comida sería más saludable.
Mi abuelo solía decirme, “hace más ruido un árbol que cae que un bosque creciendo”, y quizá tenga razón y lo aquí expuesto es un sesgo atencional, pero también me decía que ante las injusticias si no me posicionaba, era cómplice. No seamos cómplices de responsabilizar a las víctimas.