España arrastra desde hace décadas una anomalía que no se puede maquillar: el paro juvenil sigue siendo una catástrofe generacional. Uno de cada cuatro jóvenes no tiene ningún empleo. Y esta situación es simplemente un fracaso político .
Pero el problema no es solo el “paro”. Es mucho peor. Si la juventud logra trabajar, se ha de enfrentar a contratos temporales, salarios miserables, rotación constante y ninguna estabilidad. En España, tener trabajo no significa tener futuro. Para miles de jóvenes, trabajar es simplemente sobrevivir encadenando contratos basura sin posibilidad real de construir una vida digna.
Para nuestra juventud: Emanciparse es un lujo. Formar una familia, en una fantasía. Y proyectar un futuro, en un acto de fe. Esta es la generación que esta mejor formada que nunca, pero que cuenta con menos oportunidades reales que sus padres.
Se ha vendido durante años la idea de que estudiar era la solución. Hoy la realidad es otra: miles de jóvenes con carrera universitaria están atrapados en empleos que no requieren cualificación, mientras sectores técnicos siguen sin cubrirse. El resultado es la prueba de un fracaso clamoroso del sistema educativo, que no conecta con y la realidad laboral del país. Nuestro sistema no forma trabajadores que el mercado necesita y pone en evidencia que el sistema educativo va por un lado y la economía real por otro. Y nadie ha querido corregirlo.
El acceso al primer empleo es otro ejemplo de la catástrofe educacional . Se exige experiencia a quien nunca ha trabajado. Esta es la “foto” de un país que pone obstáculos en lugar de soluciones. En Europa existen modelos eficaces de transición al empleo. En Alemania, Austria o los Países Bajos llevan años aplicando la formación dual con éxito: ESTUDIAR Y TRABAJAR AL MISMO TIEMPO, aprender haciendo, incorporarse al mercado laboral con experiencia real. Resultado: menos paro y mejores empleos.
En España, en cambio, seguimos dependiendo en exceso de sectores estacionales como el turismo, donde el empleo juvenil es muy inestable, precario y vulnerable a cualquier crisis. Y cuando llegan las crisis —como la de 2008 o la pandemia— el golpe siempre recae sobre los mismos: los jóvenes. Son los primeros en caer y los últimos en recuperarse.
La realidad es incómoda, pero evidente: NO HAY VOLUNTAD DE CAMBIAR EL MODELO. Se prefieren parches, y subsidios antes que reformas profundas. Mientras tanto, una generación entera paga las consecuencias. Las escuelas de formación profesional están absolutamente desprestigiadas y no son fuente de mano de obra cualificada. Se han suprimido las escuelas de aprendices de las propias corporaciones ( ejemplo: seat, pegaso, renfe, etc.) y en estas circunstancias queda claro que no es solo un problema social. Es un problema económico de primer nivel.
España no puede seguir así. No puede permitirse perder a sus jóvenes entre el paro, la precariedad o la emigración. Porque un país que no ofrece oportunidades a sus jóvenes está destruyendo su propio futuro: menos cotizantes, menos productividad, menos crecimiento.
El país que desatiende el futuro de su juventud esta condenado a ser gobernado por personas no cualificadas, ignorantes de las necesidades de su población y de su propio destino