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“El triángulo que respira - Pelayos, El Tiemblo y Guisando, un territorio donde el vino se vuelve memoria”

Toros de Guisando Portada
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Queridos lectores, hoy en Recomendos Vino, Patrimonio e Historia:

En el corazón silencioso de la Comunidad de Madrid descubrimos un triángulo donde el vino, la historia y la piedra dialogan. Desde el monasterio más antiguo del territorio hasta los hornos centenarios de tinajas y la nobleza vetona de los Toros de Guisando, cada vértice revela una forma distinta de memoria. Este viaje —entre territorio, paisaje y patrimonio— nos mostró que la identidad de un vino no se explica: se respira. Garnachas de altura, arcillas que guardan fuego antiguo y esculturas que vigilan el tiempo se unieron para dibujar un único pulso aromático, donde la flor, la tierra templada y el granito húmedo cuentan la biografía sensorial de Gredos.

“El triángulo que respira: Pelayos, El Tiemblo y Guisando, un territorio donde el vino se vuelve memoria.”

Primer vértice: Pelayos de la Presa

Cuando el día 19 partimos hacia Pelayos de la Presa, jamás imaginé que un municipio de apenas tres mil habitantes pudiera contener tanta grandeza. Allí se alza el Monasterio Cisterciense de Santa María la Real de Valdeiglesias, el único de su orden en la región: nueve siglos de historia, un diálogo vivo entre estilos —mozárabe, románico, gótico, renacentista y barroco— cuyos orígenes se remontan a época visigoda.

Su renacimiento es casi un milagro. Tras 138 años de abandono, en 1974 el arquitecto Mariano García Benito leyó en un periódico “se venden ruinas de monasterio” y decidió iniciar su recuperación. En 2004 lo donó al Ayuntamiento para asegurar su continuidad.

Recorrer sus muros de la mano de Roberto fue como caminar dentro de una respiración antigua: sentí la piel de aquellos monjes, la fuerza de su legado, la luz filtrándose entre siglos. Y allí, en la capilla y en el jardín vigilados por los trampantojos monásticos, cinco Albillos Reales nos hablaron del lugar con una voz íntima: fruta blanca, serenidad mineral, memoria líquida. Era el primer vértice del triángulo: un territorio donde el granito meteorizado de Gredos crea vinos ligeros pero profundos, de acidez alta, fruta roja y notas florales que parecen respirar.

Patrimonio y Territorio Vinos GREDOS
Patrimonio y Territorio Vinos GREDOS

Segundo vértice: El Tiemblo y los Hornos de las Tinajas

Al salir del monasterio, el camino nos llevó hacia Castilla y León, hasta El Tiemblo, donde Don José Luján nos abrió las puertas del segundo vértice: los Hornos de las Tinajas. Allí comprendimos que el vino no solo nace de la tierra, sino también del fuego y del barro. La tinaja más antigua conservada data de 1902, pero la tradición es mucho más profunda: un oficio lento, laborioso, casi ritual, donde la arcilla local se transformaba en vasijas porosas que otorgaban al vino una microoxigenación natural.

Era el corazón del triángulo de memoria agrícola:

  •  el monasterio como cultivo y orden,
  •   los hornos como técnica y conservación,
  •   Guisando como territorio y poder.

Aún con los aromas del Albillo Real en la boca, llegó el momento de comer en el precioso restaurante El Rondón, donde los platos típicos de la zona se abrazaron con vinos de la zona Cebreros, denominación que late como el corazón de Gredos: un paisaje donde la Garnacha de altura se vuelve pura expresión de frescura y carácter.

Un almuerzo fascinante, entre sorbos de Garnachas que parecían contar su propia biografía líquida: Tío Mauro, Valverde, Bernabeleva y El Bufón 4 Vidas. Cuatro elaboraciones que revelan la autenticidad de una Garnacha elegante y luminosa, nacida en la sierra de Gredos —entre Ávila, Cáceres, Madrid y Salamanca—. Cada copa abría una puerta distinta, como si el territorio se desplegara en capas, susurrando su origen.

Tercer vértice: Guisando y la piedra vetona

Para culminar este viaje donde triangulamos historia, paisaje y patrimonio vitivinícola, nos adentramos en el mundo ancestral de los Toros de Guisando. La piedra vetona respira como un animal antiguo. Allí el aire sabe a tomillo, a granito caliente, a una nobleza que no impone, sino que sostiene. Es un lugar de pactos, de límites, de caminos que se cruzan desde hace siglos.

En este punto se revela el triángulo de transición climática: un espacio entre la meseta seca y la sierra húmeda, ideal para vinos de altura y frescura, donde la mineralidad se vuelve tensa y luminosa.

En el cerro que les da nombre, junto a la Cañada Real Leonesa Oriental, Julián nos guió para comprender la verdadera dimensión de este tesoro escultórico vetón. Cuatro figuras de granito —toros, verracos, guardianes del tiempo— alineadas de norte a sur, mirando hacia el oeste. A sus espaldas, el arroyo Tórtolas marca la frontera entre Castilla y León y Madrid, como si también él quisiera participar en esta conversación milenaria.

Datadas entre los siglos IV y III a. C., estas esculturas parecen contener en su silencio la memoria de un pueblo entero. Algunas conservan oquedades para cuernos; otras, inscripciones latinas que recuerdan la superposición de culturas. Todas transmiten una presencia que conmueve.

Allí, entre estas joyas de la historia, catamos cuatro elaboraciones de la DOP Cebreros, guiados por dos técnicos de la Denominación. Una cata que, sumada a la del monasterio con Ricardo y al almuerzo previo, confirma algo que siempre defendemos: cada territorio tiene su propio ADN; solo hay que saber comunicarlo… y, sobre todo, desentrañarlo con ciencia.

Conclusión aromático‑molecular

Todo el triángulo —Pelayos, El Tiemblo, Guisando— podría imaginarse como un solo vino vivo: una Garnacha floral (linalol, geraniol), con textura de tinaja templada (geosmina, timol) y una mineralidad vetona (petrichor, eucaliptol, terpineol).

Un vino que respira como un animal tranquilo, recuerda como un monasterio y permanece como una escultura en la piedra.

Todo lo vivido —el monasterio, la mesa, la cata, la piedra vetona, la voz del paisaje— converge en un único pulso aromático que revela el alma de estas Garnachas de altura y de estos Albillos Reales.

En ese latido, la Albillo Real aparece como la voz blanca del triángulo: fruta blanca que ilumina, textura serena que recuerda la tinaja templada y una mineralidad fina. En algunos casos, la crianza de 11 meses en barrica aporta furfurales (caramelo, almendra, pan tostado) que seducen con una tensión silenciosa y recogen la respiración del granito.
Es la luz que antecede a la Garnacha, el susurro que prepara al territorio para hablar.

Agradecimientos

Gracias, Elena de Offerendus y todo su equipo; gracias AEPEV; gracias a todos los que luchan para mantener este patrimonio vivo, latiendo, respirando: un patrimonio de todos.

Hasta la próxima emoción. Os invitamos a descubrir este triángulo a tan solo hora y media de Madrid.

Somos El Perfume del Vino — Plataforma de Investigación Hosanna Peña y Dr. Ricardo De Arrúe