La semana pasada publiqué un artículo que, para mi sorpresa, generó una avalancha de respuestas. Todas en la misma dirección: apoyo, reflexión, memoria compartida. Todas menos una. Asun. Asun, amiga de mi madre —mi madre, que ya no está, pero que sigue apareciendo en estas pequeñas sacudidas que te devuelven a quien fuiste—. Asun me escribió con la solemnidad de quien cree custodiar una fe política: “Yo soy SOCIALISTA HASTA LA MÉDULA”. Y lo decía como si la médula fuese un título hereditario, una propiedad privada, una credencial que se renueva en ventanilla.
Su mensaje me devolvió a un tiempo en el que yo también militaba. Cuando el socialismo era una forma de estar en el mundo, no un decorado. Cuando fuimos peces: cuando nadábamos en aguas donde libertad, igualdad y solidaridad eran principios, no hashtags ni consignas prefabricadas.
Asun me reprochaba cierta falta de sensatez, como si discrepar fuese una deserción. Pero ser socialista nunca fue obedecer sin rechistar. Ser socialista fue —y debería seguir siendo— pensar por uno mismo, incluso cuando eso incomoda a los guardianes de la ortodoxia. La tradición socialista nació para defender a la gente común, para ampliar derechos, para pelear contra las desigualdades. Y eso exige dos músculos inseparables: convicción y crítica. Sin crítica, el socialismo se convierte en un rebaño; sin convicción, en un souvenir.
Y aquí viene el punto incómodo: los actuales dirigentes tienen de socialistas lo que yo de siluro. La etiqueta la llevan, sí; la tradición, ya es más discutible. No hablo de nombres, hablo de actitudes: el culto al líder, la alergia a la autocrítica, la sustitución del debate por el aplauso, la confusión entre partido y gobierno. Todo eso no es socialismo: es otra cosa. Y no precisamente buena. Señalarlo no es traicionar: es defender el fondo frente al maquillaje.
Asun añadía que mi pensión estaría en peligro si gobernaran otros partidos. El miedo es comprensible, pero conviene recordar que los programas electorales cambian, se negocian y se matizan, y que las políticas públicas dependen de mayorías, pactos y contextos económicos. En política, el miedo es un mal consejero; la información contrastada, un buen salvavidas.
Yo ya no milito, pero no he renunciado a mis ideas. Las ideas no se devuelven como un carné. Se defienden desde donde uno puede: desde la crítica, desde la distancia, desde la honestidad.
Porque ser socialista no es obedecer: es pensar. No es callar: es discutir. No es seguir al dirigente de turno: es seguir a la conciencia.
Y si eso molesta, que moleste. La médula no se pierde. Lo que se pierde —si uno no vigila— es la vergüenza de confundir unas siglas con una fe, y a unos dirigentes con una causa.
Ser socialista es tener memoria. Y la memoria, cuando muerde, muerde fuerte.