En el espeso bosque de la política actual impera una sola ley: gobernar las miradas. El libreto de supervivencia no busca resolver el laberinto judicial, sino desviar la atención mediante la vieja maniobra de la perdiz.
El truco opera con una calculada danza del dolor donde el ave salta a la tierra batida donde el peligro es evidente. Al amplificar el drama judicial de Zapatero, el relato ofrece un cebo irresistible para que el zorro se lance en jauría tras él, cegado por el trofeo. Sin embargo, las pesquisas revelan que el blindaje del matorral exige una maniobra mucho más oscura: la presunta domesticación de los perros guardianes del bosque. El verdadero peligro para el Estado de derecho no reside en las plumas caídas de la corrupción económica, sino en el intento coordinado desde la cúpula de Interior para forzar a los investigadores de la UCO a ponerse de perfil ante las huellas que conducen a la cumbre. La paradoja alcanza tintes trágicos al observar que el cortafuegos señala al entorno de un ministro que en su día vistió la toga de magistrado. Que el asfixio a los agentes de la Guardia Civil se ampare bajo el organigrama de quien juró defender la ley supone la quiebra más profunda del sistema.
Aquí opera una maquiavélica inversión de la gravedad. Para el ciudadano común es siempre más fácil escandalizarse con la corrupción clásica de los maletines. Sin embargo, lo sistémicamente destructivo no es el desvío de caudales, sino el control gubernamental de las fuerzas policiales para garantizar de forma deliberada la impunidad de la Moncloa.
Cada metro que la perdiz avanza cojeando a campo abierto cumple el objetivo fundamental de alejar al cazador del nido real: la mesa del Consejo de Ministros. El ruido sobre las andanzas de un ciudadano sin cartera es un precio asumible para el Ejecutivo, siempre y cuando mantenga el colmillo de los tribunales lejos de las firmas originales del rescate. Mientras el truco funciona, los polluelos del nido compran un tiempo precioso para negociar con sus socios, bajo la coartada de que el escándalo es ajeno a la gestión. Al pisar la Audiencia Nacional, el expresidente acaparará los focos, desatando un festín mediático diseñado para que el cazador agote su energía, sepultando los rastros sumariales sobre las directrices destinadas a silenciar a los investigadores.
Ese es el gran dilema que hoy atrapa a muchos ciudadanos: la desesperanza institucional. Por un lado, se observa un asalto sin precedentes al Estado de derecho; por el otro, la alternativa oficial genera dudas sobre su capacidad para restaurar las instituciones, ya que arrastra antecedentes de naturaleza similar que se juzgan ahora en los tribunales.
Al no haber una renovación real en sus filas, la alternativa no convence. Existe el temor de que un cambio de siglas suponga un mero intercambio de cromos. Esta parálisis provoca que el ciudadano busque refugio en discursos de frontera o liderazgos más expeditivos. Al final, la falta de limpieza en los dos grandes bandos solo fragmenta el mapa y alimenta la desafección. Si el truco falla, la perdiz habrá sido sacrificada en vano, dejando al Consejo de Ministros indefenso ante la realidad.