Mientras todos mirábamos al cielo esperando ver caminar seres humanos otra vez sobre nuestro satélite natural, amanecimos con la postergación del viaje tripulado, al menos hasta el mes de marzo. Las fugas de combustible no garantizaban —según informó la NASA— la seguridad de los astronautas que pasarían una breve temporada en suelo lunar.
Pero para no quedarnos colgados en la Luna de Valencia (aunque no estaría nada mal), la realidad cotidiana insiste en recordarnos que, más allá de la conquista del espacio, es la conquista de la Tierra lo que sigue siendo la gran deuda de la humanidad.
Vivimos atravesados por una tormenta permanente de noticias falsas que provoca, al menos, dos reacciones sociales opuestas: la incredulidad absoluta —no creer en nada— o, por el contrario, la credulidad total —creerlo todo—. En ambos extremos, el resultado es el mismo: la confusión.
La irrupción de la inteligencia artificial en los procesos de información ha profundizado esta dificultad. Identificar la mentira se vuelve cada vez más complejo; incluso para quienes intentamos ser sabuesos de la información, chequear la realidad exige hoy un esfuerzo constante y agotador.
¿Para qué sirve generar esta incertidumbre? No siempre es fácil identificar objetivos concretos, pero sí es posible pensar que orientar el pensamiento y las decisiones de una sociedad abre espacios de poder que aseguran la continuidad de determinados sistemas. Una espiral difícil de abandonar, alimentada por el convencimiento de poseer la única verdad: la propia, mientras el resto está equivocado.
En ese contexto, el mundo observa azorado el interminable listado de poderosos vinculados al caso Jeffrey Epstein. Se habla de pedofilia, abusos, derechos vulnerados; aparecen fotos, nombres, dinero, sexo y poder. Desde Donald Trump hasta el titular de Virgin Records, pasando por el príncipe Andrés o Bill Clinton, son apenas algunos de los nombres que figuran en los archivos difundidos por el Departamento de Justicia de los Estados Unidos.
Más allá del escándalo, de rasgarnos las vestiduras o de opinar en el bar del barrio, el verdadero problema es la escasa resolución de las realidades que nos atraviesan. Estamos demasiado ocupados consumiendo cientos de videos que circulan por las
redes sociales. Nuestra intervención suele agotarse en compartir o comentar, mientras caemos en un letargo que adormece la acción.
Hoy, más que nunca, estamos llamados a actuar. A hablar más con nuestros hijos. A generar espacios de conciencia y compromiso social. No es necesario —aunque algunos sientan ese llamado— alejarse demasiado del lugar donde vivimos para descubrir la necesidad a flor de piel. Basta con levantar la vista de las pantallas para encontrarnos con niños vulnerables, padres debilitados, migrantes solitarios.
Este jueves vence el acuerdo de desarme nuclear firmado entre Estados Unidos y Rusia. Allí, probablemente, poco podamos intervenir. Pero sí podemos transformar nuestro entorno inmediato en algo más humano, más atento, más cercano. Tal vez más eterno.
“Recuerda que cuando abandones esta tierra, no podrás llevarte contigo nada de lo que has recibido, solamente lo que has dado.”
San Francisco de Asís