La mirada, al ir de un objeto a otro, crea una relación entre las cosas y transforma la realidad en un solo instante, pues no se puede ver más que en presente. De su amplio espectro, quisiera detenerme en tres de ellas, la mirada curiosa, la mirada contemplativa y la mirada crítica, las cuales, a pesar de su diversidad, nos atraen hacia lo interior, pero para iluminarlo con su sentido. La primera aparece en el mito de Diana y Acteón, reflejo de la impalpable desnudez, en donde la presencia de signos contradictorios, virginidad y muerte, noche y luz, castidad y seducción, permiten captar el arquetipo de la virgen amada y esquiva, vinculado al culto lunar, que se hace visible en el baño que pone fin a la caza. La curiosidad de la diosa, con la castidad de su cuerpo puesta a prueba, es la que desencadena el fin trágico de Acteón, pues sólo con la muerte del cazador es posible recuperar el equilibrio entre la integridad divina y la castidad. El sacrificio de Acteón, que tiene lugar en el espacio mítico de la caza y el baño, resulta necesario para reunir lo disperso, para restaurar la unidad perdida en el proceso inmanente del deseo, en la ausencia de su desnudez.
El deseo, que va más allá de toda espera, es lo que da nombre a la visión. Frente a la mirada superficial, que es presencia y emblema, la mirada contemplativa es interior y penetra en el fondo de los objetos, que así no se le resisten. De tal mirada contemplativa participan la experiencia poética y la experiencia mística, que remiten a una forma superior de conocimiento. Esta condición oscura de la contemplación, que tiene lugar en la noche como lugar de experimentación de lo divino y sobrepasa toda forma discursiva, aparece con especial intensidad en la canción XI del Cántico espiritual de san Juan de la Cruz, eje del poema y punto en el que convergen la visión y la unión (“¡Oh christalina fuente, / si en esos tus semblantes plateados / formases de repente / los ojos deseados / que tengo en mis entrañas dibuxados!”). El deseo de la Amada por ver al Amado tiene lugar en la fuente, espacio de encuentro amoroso. Para llegar a la visión de lo divino, el místico tiene que moverse entre la renuncia y la gracia, dejándose llevar por un saber de experiencia, que participa de una transformación interior en la que el alma se vacía para unirse a Dios.
Frente a la curiosidad de la mirada, que es inacabada y precaria, y el mirar de la contemplación, que es interior, hay una mirada crítica o mirada segunda, movida por el deseo y la inquietud, cuya función consiste en establecer una relación entre lo aparente y lo oculto. Al habitar en lo incierto, la mirada crítica va unida a una “complicidad con el mundo”, de la que habla Barthes al referirse al teatro de Brecht, y se hace visible en la metáfora del ojo, que permanece y varía de imagen en imagen, y cuyo sentido infinito, que es también el del poema, permite transgredir los límites y dar al lenguaje poético, expresión de lo improbable, una exploración completa de los elementos virtuales.
La experiencia del viaje es también la de la escritura, pues se viaja y se escribe para buscar de nuevo lo que nunca se perdió. Y si el escritor acepta la posibilidad de ser otro, su errancia y extravío lo convierten en un ser sin fronteras, en alguien que pasa por la prueba de la salida, la unión y el retorno para volver con la fuerza germinadora de la sorpresa, con una visión, en su abismo de luz, más inagotable y renovadora del mundo.