En la actualidad existe una crítica contra las autopublicaciones de libros, crítica que se realiza en clave de menosprecio. Esta crítica no es nueva. La autopublicación es percibida como una práctica que promueve la falta de rigor y de filtro dando como resultado una literatura vacua. Sin embargo –Y para desgracia de los detractores de usanza– la autopublicación es un periodo de la vida literaria de un autor donde debe enfrentarse al no rotundo de las grandes empresas editoriales: la única opción real es poner de su propio peculio e imprimir la obra. Hubo autores que hoy en día son considerados clásicos que recurrieron a la autopublicación: Nietzsche: Así habló Zarathustra. Marcel Proust: En busca del tiempo perdido. Jane Auster: Sentido y sensibilidad. Walt Whitman: Hojas de hierba, son algunos ejemplos.
La autopublicación es diferente a la autoedición. En la primera el autor contrata a un editor o editorial que se encarga de los procesos de publicación: recepción del manuscrito, edición estructural, edición de estilo, diseño, maquetación, producción, registro ISBN, código de barras y distribución de la obra. En la segunda, es el autor, quien hace todo este desgastante proceso –tarea que no es para todos los autores–. El escritor se ve obligado a robarle tiempo a la creación literaria para dedicarse a las minucias de la gestión de su obra. ¿Acaso el escritor no debería preocuparse exclusivamente por escribir bien?
En la actualidad asistimos al fenómeno de la democratización literaria. Este fenómeno presenta desafíos para los autores publicados por las grandes casas editoriales y autopublicados y para el lector que es el último eslabón de esta cadena. La saturación de títulos existente genera una “hiperoferta” donde el lector deja de ser un explorador para convertirse en alguien o algo abrumado por el ruido. En librerías al no tener un espacio físico capaz de exhibir el gran número de libros editados, optan por devolver los libros que no logran venderse, convirtiendo el libro en un producto de consumo rápido –como un yogurt– en lugar de un bien cultural verdadero.
Sin embargo, decir que la autopublicación y autoedición es dañina es tener una visión maniqueista de este fenómeno editorial. No debemos confundir el formato con el talento. En muchos casos, las grandes editoriales publican libros que adolecen de calidad literaria, pero son sostenidos por el poder del marketing: pagan reseñistas en los rotativos más influyentes para elevar un título de contenido mediocre. A esta práctica se le conoce como “compra de elogios”. Las editoriales independientes tienen el mismo dilema: en ocasiones publican títulos con contenidos que no están a la altura literaria, sin embargo, al carecer de los recursos para hacer marketing y “comprar de elogios” podemos pensar que no intentan vender un autor pésimo haciéndolo pasar como el último Borges sobreviviente sobre la Tierra, sino que las editoriales independientes apelan a la integridad ética de cada autor para ofrecer al lector lo mejor de su esfuerzo escritural e intelectual. Sin embargo, en las editoriales pequeñas se cuela a veces la mediocridad.
La autopublicación y la autoedición se han convertido en el lugar común de los apocalípticos y fatalistas de la literatura que volvieran orbi et orbe que hay una crisis literaria. En realidad, esta es la misma crisis que denunció Tácito, Marco Fabio Quintiliano, George Steiner entre otros. Nunca se ha acabado la crisis. Sin embargo, la literatura en medio de las tempestades cual Ulises sabe desviar los cantos mortales de Sirenas.