#AI mucho que contar

Lo que venIA

Durante años, los robots vivieron en un lugar muy concreto de nuestra imaginación. Estaban en películas como Cortocircuito, Robocop o El hombre bicentenario, máquinas que podían ayudarnos, vigilarnos, aprender de nosotros o intentar parecerse demasiado a lo que somos. Eran ficción, claro, pero una ficción de esas que se quedaban dentro, porque hablaban de algo que todavía no existía y, al mismo tiempo, parecía inevitable.

Esa distancia empieza a romperse, no porque los robots actuales sean exactamente aquellos que imaginaba el cine, por suerte (o por prudencia, según la película que tengas en la cabeza), sino porque la idea de una inteligencia con cuerpo empieza a dejar de pertenecer solo a la pantalla. Ya tenemos inteligencia artificial en ordenadores, móviles, televisores y prácticamente cualquier dispositivo que usamos a diario…, así que el siguiente paso natural parecía inevitable: darle forma, sacarla de la pantalla y convertirla en algo capaz de observar, moverse, manipular objetos y actuar físicamente sobre el mundo.

La conversación ha cambiado muy deprisa. Hace apenas unos años celebrábamos que un robot caminara sin caerse, hoy ya hablamos de acuerdos para desplegar entre 1.000 y 2.000 humanoides en plantas industriales de Schaeffler (uno de los grandes fabricantes industriales alemanes del sector automoción) hasta 2032, de Apptronik (empresa estadounidense especializada en robots humanoides para industria y logística) levantando más de 900 millones de dólares para escalar Apollo (robot humanoide diseñado para logística, manufactura y asistencia física), o de Goldman Sachs (uno de los mayores bancos de inversión y análisis financiero del mundo) estimando que el mercado de robots humanoides podría alcanzar los 38.000 millones de dólares en 2035. Hemos pasado del “mira lo que hace” al “vamos a ver cómo se integra en una operación real” (y ese cambio de pregunta cambia bastante las reglas).

El caso de Figure, por ejemplo, ayuda a entender el salto. Su robot Figure 02 trabajó durante meses en la planta de BMW en Spartanburg, con turnos de 10 horas, moviendo más de 90.000 componentes y participando en la producción de más de 30.000 BMW X3. No es una demo bonita para una feria tecnológica, es un robot dentro de un flujo industrial real, aprendiendo de tiempos, errores, tolerancias y repetición.

Pero lo relevante ya no está solo en construir mejores cuerpos, sino en construir todo lo que esos cuerpos necesitan para aprender. Simulaciones hiperrealistas, gemelos digitales, motores físicos, datos sintéticos, sensores, manos con tacto, modelos que anticipan movimientos y sistemas donde cada fallo vuelve al conjunto para mejorarlo. Durante años pensamos que la IA consistía en construir cerebros cada vez más capaces, pero ahora descubrimos que también era una carrera por construir manos, articulaciones, pieles y memoria física.

Internet enseñó a las máquinas a hablar, el mundo físico empieza ahora a enseñarles a actuar.

Por eso aparecen ejemplos que hace nada habrían sonado absurdos y hoy empiezan a parecer señales de algo mayor: marcas deportivas investigando materiales para proteger humanoides en entornos de calor o fricción, robots orientados al cuidado de mayores capaces de identificar un bote de medicación y agarrarlo con precisión, perros robot patrullando instalaciones con visión térmica y navegación autónoma, o sistemas preparados para soldadura, logística, laboratorio y manipulación delicada (que dicho así suena a ciencia ficción, pero empieza a parecer bastante más industria que ficción).

Llevamos años preguntándonos qué pasará cuando la inteligencia artificial piense mejor, escriba mejor o razone mejor que nosotros, pero puede que la pregunta que venIA fuera otra, bastante más incómoda: qué ocurre cuando esa inteligencia deja de limitarse a interpretar el mundo y empieza a tocarlo, moverlo y modificarlo. Porque ahí ya no hablamos solo de automatización, hablamos de convivencia, confianza, responsabilidad y de algo que quizá habíamos dado demasiado por hecho…, que el cuerpo humano seguía siendo la última frontera entre la máquina y la realidad.

Lo más extraño es que, después de años jugando con Arduino, pequeños robots domésticos como Vector o Loona y viendo la robótica casi como una curiosidad fascinante, por primera vez tengo la sensación de que esto empieza a ir bastante en serio.