En tiempos en los que la información circula a una velocidad sin precedentes, el problema ya no parece ser el acceso a los hechos, sino el modo en que los nombramos.
Hace unos días, tras una negociación internacional que ocupó titulares durante semanas, el comunicado oficial concluyó con una frase impecable: “hemos logrado ciertos adelantos”. No hubo tensión, ni polémica, ni emoción. La frase cumplió su función: cerrar, sin abrir.
Pero ¿qué significa exactamente “ciertos adelantos”?
La expresión no es falsa. Tampoco es verdadera. Es, en todo caso, una construcción diseñada para no ser cuestionada. Y allí radica su eficacia.
Como advirtió George Orwell en su célebre ensayo Politics and the English Language, “el lenguaje político está diseñado para hacer que las mentiras suenen veraces y el asesinato respetable”. Hoy podríamos añadir algo más: también está diseñado para evitar que la verdad irrumpa con toda su incomodidad.
La ingeniería de la estabilidad
En el cuento que inspira esta reflexión, imaginé una ciudad donde el lenguaje había sido perfeccionado hasta eliminar el riesgo. Las palabras ya no herían, pero tampoco revelaban. Eran exactas, sí, pero en un sentido administrativo, no humano.
Allí, decir la verdad era considerado un “problema técnico”.
No es difícil reconocer ecos de esa ficción en nuestra realidad. La comunicación institucional contemporánea ha desarrollado una notable capacidad para sostener la estabilidad mediante fórmulas lingüísticas que no describen, sino que contienen.
“Progreso sostenido”, “avance significativo”, “situación bajo control”.
Expresiones que no informan tanto como tranquilizan.
Pero hay algo más inquietante: en muchos casos, ese lenguaje no solo suaviza la realidad, sino que la disfraza. Se convierte en un ropaje hipócrita, una forma elegante de ocultar el vacío, el fracaso o la ausencia de resultados concretos. No se trata simplemente de prudencia diplomática, sino de una estética del encubrimiento.
El problema no es que estas frases sean incorrectas, sino que son insuficientes. Funcionan como superficies lisas donde la realidad no deja huella.
Cuando el lenguaje deja de temblar
El lenguaje humano, en su forma más profunda, no es solo un instrumento de comunicación. Es una experiencia. Tiene textura, ritmo, incluso fragilidad.
Hay palabras que tiemblan.
Un “no” dicho sin cálculo.
Un “te amo” que no busca convencer.
Un silencio antes de una confesión.
Cuando el lenguaje pierde esa vibración, gana estabilidad, pero pierde verdad.
Y sin embargo, la verdad es incómoda por definición. Es irregular, impredecible, a veces contradictoria. No se deja encapsular en fórmulas. Por eso, los sistemas —políticos, mediáticos, incluso sociales— tienden a domesticarla.
No se trata necesariamente de mentir, sino de evitar aquello que podría desordenar.
O, en su versión más preocupante, de cubrirlo con palabras que simulan decir algo mientras cuidadosamente no dicen nada.
El dilema contemporáneo
El cuento plantea una pregunta que no pertenece a la ficción, sino a nuestro presente:
¿Qué preferimos: un mundo que funciona o un mundo que dice la verdad?
La pregunta es inquietante porque no admite respuestas simples. Un mundo absolutamente veraz podría ser caótico. Un mundo perfectamente estable podría ser profundamente vacío.
La tensión entre verdad y estabilidad no es nueva, pero hoy adquiere una dimensión particular. En una era de hipercomunicación, la saturación de mensajes no garantiza mayor claridad. A veces ocurre lo contrario: cuanto más se dice, menos se revela.
La responsabilidad individual
Quizá el punto más incómodo sea este: el problema del lenguaje no es solo institucional.
Es humano.
Cada uno de nosotros participa, en mayor o menor medida, de este sistema de suavización de la realidad. Elegimos palabras que no incomoden, que no rompan, que no expongan demasiado.
No siempre por mala fe. A veces por miedo. A veces por cansancio. A veces por una comprensible necesidad de convivir.
Pero también, a veces, por comodidad moral: porque ese disfraz hipócrita no solo protege a los gobiernos, sino también a quienes prefieren no preguntar demasiado.
Porque el lenguaje no ha sido destruido.
Solo ha sido dividido.
Entre palabras que sostienen el orden
y palabras que todavía pueden temblar.
Y la decisión de en cuál de esos mundos queremos vivir no es retórica.
Es, en última instancia, profundamente humana.
Por eso, frente a cada comunicado perfecto, frente a cada frase impecable que no dice nada, la pregunta persiste, incómoda y necesaria:
¿Qué me dice, Señor Presidente?