Un líder que quiera sentar las bases de la ética política en un país no puede permitirse manifestar tibieza, porque su presencia se convierte en un delito moral. Hoy España se encuentra en ese trance, exhausta, cercada por escándalos que brotan por todas partes y con el epicentro en la mismísima sede del PSOE, en Ferraz. Vivimos gobernados por un poder que ha hecho del enredo y la coartada su catecismo, y es evidente que, con semejante coyuntura, esperar prudencias se convierte en una forma de claudicación.
Duele por esto ver al señor Feijóo, presidente del Partido Popular, persistir en esa suerte de mansedumbre gallega que, tal vez siendo virtud en su vida privada, deviene flaqueza en la vida pública. España no busca un registrador de silencios, necesita un «Rottweiler político», alguien que muerda, que se plante, un líder que no tenga miedo a perder. Los boxeadores suben al ring y se enfrentan a alguien mucho más fuerte porque entienden que la derrota más infame es la de aquel que no osa combatir.
De este modo, si de veras el señor Feijóo aspira a encarnar una alternativa, debe lanzar la caña sin ningún tipo de ambages. Debe decir al PNV o a Junts: «Si os quedáis atrás y no dais el paso, no vengáis pasado mañana con ruegos ni lamentos». Esto no debe de entenderse como una amenaza; es, por el contrario, la advertencia de un líder, de alguien adulto que entiende que no se puede jugar a ser bisagra cuando el Estado cruje y se hunde.
Estimado señor Feijóo, callar ahora es complicidad, y ponerse de perfil, tan modosito en los medios, es una manera de bendecir el atropello. Y sobre aquellos partidos que alegan que “está Vox” —como si la presencia de un partido eximiera a los demás de su deber— sólo demuestran que se trata de la coartada indigna de aquel que se dice servidor del bien común. El poder está envuelto en causas judiciales, vivimos bajo sombras de corrupción y ante maniobras que erosionan la confianza pública, por esto cualquier político decente tiene la obligación de dar un paso al frente, aunque ese paso le cueste la silla, el aplauso, la paz de los suyos o, en última instancia, perder en una «Moción de censura».
Decía Maquiavelo que los males que no se atajan cuando nacen, crecen rápidamente hasta hacerse incurables, porque —como alguien dijo— la ocasión hay que tomarla por los cabellos, porque una vez pasada no vuelve. España vive precisamente ese instante, de manera que o se actúa o se consiente.
La moción de censura no es un capricho, es un deber cuando el sistema está colapsado por docenas de escándalos, una obligación cuando la corrupción anida en la Moncloa o cuando el Ejecutivo se parapeta tras la ficción de que basta con dar de baja a sus afiliados para lavar el pecado. ¡No basta! La responsabilidad empieza por el «one», por quien manda, por quien firma y por quien se beneficia del silencio de los suyos.
Feijóo debe saber que la historia olvida a los prudentes y recuerda a los valientes. Que no se lucha desde los sofás. Que en política se pelea desde los atriles, porque allí es donde hay que decir la verdad a la cara. Feijóo tiene que entender que no se honra a España con discursos suavizados y dulcificados, sino con actos que vengan a sacudir la modorra moral de este país que cada día parece resignarse a cualquier cosa. Y si no se atreve —porque algún temor oculta— que sea otro quien ocupe ese lugar.