Yasmín enciende un cigarrillo y con el mechero quema un paño, mientras baila una danza, coreada por el resto de sus compañeras. Una coreografía mística que, gritando desde el fondo del alma y la desesperación, la lleva al límite de la vida y la muerte.
Si existe un abismo por el que en este momento luchan las mujeres iraníes, es el corto trecho que separa su piel —la feminidad carnal expuesta a la coacción y castigo por reivindicar su autodeterminación— y el chador, una prisión tejida con el hilo dictatorial de un régimen totalitario, patriarcal y asfixiante.
El día a día de la iraní se jalona, no de un feminismo de salón, sino de una lucha existencial por la supervivencia, por el derecho a existir, por no ser lapidadas por mostrar un simple mechón de cabello, en la que el coraje de estas mujeres desnuda las contradicciones y prioridades del feminismo cómodo del mundo industrializado, reduciendo a mera caricatura al hembrismo neomarxista de las flotilleras, que miran hacia otro lado con un silencio cómplice y bochornoso, amparadas en la protección de sus derechos mientras se enredan en la lucha simbólica e irrelevante del lenguaje inclusivo.
Un esfuerzo tan exiguo como el de Reza Palevi, pretendiente al trono persa, viendo los toros desde la barrera de la seguridad del exterior, mientras la atmósfera hierve desde la residencia oficial del presidente Masoud Pezeshkian, testigo de la mayor revolución femenina del siglo XXI que está ocurriendo frente a nuestros ojos ahora mismo, pese a que la hora más oscura es la inmediata anterior al alba, y que estas heroicas jóvenes que toman las calles de Teherán, se sepan olvidadas por sus hermanas occidentales, sosteniendo aun así la dignidad humana frente a la barbarie teocrática.
Las aguerridas iraníes no buscan cuotas de poder; su lucha es la prueba de fuego feroz de lo que realmente es la opresión de género. Porque en el ojo del huracán, el mundo industrializado no mira hacia el despertar de la mujer, sino que le corta la respiración las consecuencias del caos del programa nuclear iraní y las tensiones geopolíticas.
Irán fue en algún momento no tan lejano un país próspero y moderno, donde las mujeres asistían a la universidad, plena y socialmente integradas, en el que el golpe de Estado de los fundamentalistas instauró una dictadura diseñada para borrar todo rastro de ellas de la vida pública.
Con crudeza llegó a saberlo Europa por boca de Narges Mohammadi, la Premio Nobel de la Paz y encarcelada, en su libro Tortura blanca, donde describe que el gobierno no usa solo la cárcel, también la privación de atención sanitaria, la exclusión y la presión psicológica para quebrantar su integridad, contra una resistencia resilente que ha transitado de la queja a la insurrección, empujadas por iconos de mártires como Mahsa Amini, muerta en 2022, o el acto extremo de desnudez pública de Ahou Daryaei gritando que su cuerpo no pertenece al Estado.
Los ayatolás comienzan a calibrar la grandeza de estas audaces y desesperadas hijas, hermanas, esposas y madres, bautizadas con la sangre del pueblo que anega las calles. La resistencia, que ya no es solo de estudiantes, sino también abogadas y amas de casa, son la vanguardia del movimiento "Mujer, Vida, Libertad", desafiando a un régimen. No se arredran. No retroceden ni un paso. Una marea imparable de mujeres valerosas y hambrientas de libertad se enfrentan con las manos desnudas a las balas de la guardia revolucionaria islámica. Saben que todo lo que se adorna de revolucionario es involucionista; saben que se juegan algo mucho más allá de una ejecución, que es solo el colofón de la detención y la tortura.
Yasmín no es una muchacha europea más en un botellódromo el fin de semana, sino una joven del barrio de Naser Khosrow de Teherán, desafiando al poder tiránico, dispuesta a incendiar el opresivo chador impuesto que simboliza su anulación, sometiéndola a la inexistencia, condenada a ser una sombra sin voz, rostro ni derechos. Pero su temor se ha ido disipando por la ira, porque Yasmín sabe que, por mucho que el régimen quiera silenciarlas bajo un paño, su rebeldía es un faro cuya luz ya ha atravesado la tela, rompiendo la cárcel desde dentro.