Jaime Quessada (Ourense,1937-2007) expuso en el verano de 1971, su obra más reciente en el Museo de Arte Moderno de México, junto al escultor Acisclo Manzano y al pintor José Luis de Dios. La muestra titulada “Tres artistas de Galicia”, formaba parte de una etapa de proyección internacional, cuando su trabajo marcado por el expresionismo, la denuncia social y una estética comprometida comenzó a mostrarse fuera de España. La estancia abrió una etapa decisiva en su trayectoria; rodeado de grandes artistas y escritores, descubrió nuevas miradas y una energía creativa que reforzó y proyectó su propio lenguaje.
Quessada mantenía una estrecha relación con el entorno de la revista Vieiros editada en México por el Patronato de Cultura Galega. Enviaba dibujos para ilustrar sus contenidos y mantenía contacto con los promotores de la publicación: Luis Soto y el cineasta Carlos Velo y aceptó la invitación que le cursaron para visitar el país y llevar a cabo una exposición en el museo. La propuesta se extendía a José Luis de Dios y Acisclo Manzano quien no los acompañará en la aventura. Tras preparar cuidadosamente el viaje con la perspectiva de una estancia larga, embarcan en el puerto de Vigo con destino a la ciudad de Veracruz acompañados de más de 200 obras de los tres artistas.
La llegada se produce en el verano y reciben por parte de sus anfitriones una afectuosa bienvenida que incluye presentaciones y conexiones con el mundo de la cultura y el exilio; conocen a Luis Buñuel y a Juan Rulfo; frecuentan la compañía de David Alfaro Siqueiros y de José Luis Cuevas y entran en contacto con el compositor y director de orquesta judío de origen ucraniano Lan Adomián al que le habían unido estrechos lazos con intelectuales españoles, especialmente con Margarita Nelken y con Miguel Hernández; de hecho, había creado la música para el texto del poeta Las puertas de Madrid.
La exposición extensa en cuanto al número de obras ocupó una buena parte de los espacios temporales del Museo de Arte Moderno y facilitó a los tres creadores gallegos el contacto directo con un público acostumbrado a la potencia del muralismo y a la pintura socialmente comprometida. Las creaciones de Quessada destacaron entonces por su expresividad, intensidad cromática y capacidad de fusionar tradición gallega con sensibilidad moderna, conectando con un México que valoraba la fuerza emocional y narrativa del arte. Los tres artistas ofrecían una imagen de vanguardia, condición que fue destacada en las críticas publicadas en la prensa de la capital mexicana, en los diarios Excelsior, El Sol y Siempre.
Aludían los escritos al carácter social y novedoso de las obras, también a la particularidad estética y la posición de los artistas en el contexto del arte español, todo ello unido al posicionamiento político y a la relación estrecha y sentimental con su tierra natal: Galicia. Durante ese tiempo Quessada se integró activamente en en el circuito cultural capitalino; estableció contacto con la Galería Berta Cuevas y Jordi Gironella, quienes valoraron la singularidad de su propuesta y facilitaron su inserción en el ámbito artístico. Gracias a esas relaciones, el pintor pudo exhibir una selección de sus obras en la Galería Misrachi y la crítica especializada respondió con entusiasmo. Alaide Foppa, la poeta, activista y feminista guatemalteca afincada en México, destacó la hondura de sus composiciones y su capacidad de transmitir sensibilidad y tensión humanas. Y la historiadora del arte, Raquel Tibol, referente de la vanguardia hispanoamericana elogió la coherencia y la fuerza expresiva de su obra. A este reconocimiento se sumó la mirada literaria de Alí Chumacero, poeta y editor, esposo de la galerista Lourdes Chumacero, quien prologó el catálogo de la exposición del Museo de Arte Moderno, considerando su presencia en los principales circuitos culturales del país. Y Quessada demostró su habitual generosidad y compromiso social y antes de dar por finalizados los seis meses de estancia en México, dejó varias obras en manos de los Gironella, de otros coleccionistas, y de exiliados españoles, con el fin de que pudieran ser utilizadas con fines de apoyo y filantropía. Este gesto reflejaba su preocupación por los demás, su convicción de que el arte podría servir como instrumento de solidaridad y ayuda, más allá de su valor estético. Finalizada la apasionante experiencia, el pintor continuará su viaje artístico en Nueva Orleans, Washington, Atlanta y Nueva York. Permanecerá tres meses en Manhattan junto a José Luis de Dios, Chus Blanco y Perla Casal quienes compartieron todas las vicisitudes del viaje. Y aprovechó la estancia para visitar el MOMA y cumplir su deseo de contemplar el Guernica de Picasso, examinando detenidamente sus bocetos y dibujos preparatorios.