En los años setenta Irán protagonizó uno de los episodios mas ambiciosos de la historia del coleccionismo de arte contemporáneo. Bajo el impulso de la emperatriz Farah Diba, esposa del shah Mohammad Reza Pahlavi, el país reunió una extensa colección de arte moderno occidental e iraní. Por su valor artístico y económico, hoy está considerada como la mas valiosa del mundo fuera de Europa y Estados Unidos y su singularidad no reside solo en su calidad excepcional sino en su destino posterior. Tras la Revolución Islámica de 1979 gran parte de ese patrimonio quedó fuera de la vista pública, conservado pero invisible.
La colección ideada como un proyecto cultural de Estado no habría sido posible sin la tutela de Farah Diba poseedora de una brillante formación en el campo de las artes. Había estudiado en París, en la École Speciale d´Architecture, y por ello su percepción sería determinante al defender que la modernización de Irán debía incluir una apuesta decidida por la cultura visual contemporánea.
En pleno apogeo de la actividad petrolera se adquirieron obras de artistas de enorme trascendencia global a significativas galerías y grandes marchantes. Era un momento oportuno pues todavía los precios no habían alcanzado las cifras astronómicas de hoy y muchas de esas obras no gozaban del actual estatus. Una de las grandes virtudes de la colección será la sintonía con las corrientes internacionales lograda mediante una configuración que emana directamente del círculo de influencia más poderoso del siglo XX. Su impulsora contó con el criterio de figuras legendarias que definieron la estética de nuestro tiempo: de la visión disruptiva de Andy Warhol y el instinto de Tony Shafrazi hasta el rigor estratégico de Leo Castelli e Ileana Sonnabend.
El núcleo central de la colección lo conforman nombres clave en la historia del arte moderno y contemporáneo entre ellos Degas, Gauguin, Picasso, Miró, Calder, Dalí, Balthus, Duchamp o Moore liderando una numerosa nómina que se expande hacia las décadas centrales del siglo XX. El recorrido integra figuras esenciales de los cincuenta, sesenta y setenta como Pollock, Warhol, Lichtenstein, Bacon, Lewitt, Judd, Chillida o Christo. Algunas de las piezas adquiridas no eran obras menores sino trabajos centrales de las trayectorias de sus autores. Destacan especialmente el “Mural and Indian Red Ground” de Pollock, una de las pinturas más importantes del expresionismo abstracto conservada fuera de los EE.UU, o “ Figures Lying on a Bed with Attendants” de Francis Bacon. Pero la colección no se limitó a importar modernidad foránea, pues contó con la presencia de artistas iraníes contemporáneos, especialmente aquellos que sin abandonar las raíces establecían un diálogo entre la tradición visual persa y las corrientes internacionales. Sohrab Sepehri o Bahman Mohasses se integraron en igualdad de condiciones en el proyecto así como el movimiento Saqqakhaneh que interpretaba desde lenguajes modernos, la caligrafía , los símbolos religiosos o el arte popular.
Para situarla en un contexto coherente con su espíritu, el arquitecto Kamran Diba, proyectó el edificio destinado al Museo de Arte Contemporáneo de Teheran e inaugurado en 1977. El diseño de amplios espacios interiores y exteriores capaces de acoger piezas de grandes formatos combinaba elementos de vanguardia y de la arquitectura tradicional que reforzaban la simbólica unión.
La Revolución Islámica alteró radicalmente el escenario y en los primeros momentos, uno de los retratos de Farah Diba realizado por Warhol, fue acuchillado. En adelante, las obras consideradas provocadoras como desnudos, temas relativos a la homosexualidad o de iconografía incompatible con el régimen impuesto por los ayatolás fueron guardadas en las salas de reserva del museo y así han permanecido durante décadas. Sin embargo, en contraste con lo sucedido en otros ámbitos, la colección no fue destruida ni vendida masivamente, aunque hubo alguna excepción. Un factor a tener en cuenta y que pudo haber influido en su posterior y paulatina visibilidad fue la continuada demanda de algunas de esas piezas, por parte de instituciones museísticas internacionales, con el propósito de incorporarlas a exposiciones temporales. Y ese factor fue sin duda, un elemento silencioso de presión.
En los últimos años, el museo ha rescatado obras de sus fondos, algunas de las cuales fueron exhibidas en exposiciones recientes. No obstante, gran parte de ellas permanecen aún en el silencio y la invisibilidad. Son el testimonio evidente de un tiempo en el que Irán imaginó su lugar en el mundo a través del arte moderno y de vanguardia.