El fútbol siempre ha sido mucho más que un deporte. Es un espejo donde los países se enfrentan para ver sus éxitos y sus fracasos en la cancha. Y este ritual desata euforias, peleas y pasiones. Cabe señalar que el camino que ha recorrido la Albiceleste hasta las semifinales ha sido muy duro e incierto. Han sufrido las de Caín contra Cabo Verde, Egipto, Suiza e Inglaterra. Y han ganado «a duras penas». La selección argentina, desde un principio, arrastraba un juego excesivamente sucio y marcado por la violencia.
Llegó la final: Argentina – España. El patrón de mala conducta de los jugadores argentinos creció exponencialmente. Pensaron que estaban en un matadero. Además, se sentían endiosados por Infantino, por la FIFA, por los árbitros y por la presencia mercantil de Messi. Nadie podía tocarlos, nadie se atrevía a sacar tarjeta amarilla o roja. Los árbitros «siempre viendo pajaritos de la FIFA». Así dejaban pasar las gravísimas faltas de la selección argentina. Entonces, otra vez: favores, patadas, insultos, empujones, zancadillas y salvajismo.
Se repitió la misma escena que con Egipto. El árbitro corrupto esloveno, Slavko Vincic, anuló un gol legal de España. Pero al mismo tiempo, ya no podía ocultar descaradamente las trampas argentinas. Por fin, sacó tarjeta roja para el «avezado delincuente Enzo Fernández». Messi, en su desesperación y con su cara de «mosquita muerta», actuó de mala fe. Aprovechó el momento cuando Marc Cucurella, por un par de segundos, colocó una mano en su boca. Acto seguido, el capitán de la Albiceleste llamó al árbitro y señalando al jugador español pedía su expulsión. Un comportamiento infantil y totalmente patético.
Pero lo más notable fue que la selección española no se rindió en ningún momento. Luchaban de forma elegante para defender los colores de su bandera. Los jugadores, con precisión, escribieron un hermoso poema en el campo de juego. Desplegaron un fútbol de toque y posesión que desbordó por completo a Argentina. Fue un recital poético con un dominio tan abrumador que los españoles parecían jugar al "olé", "olé", "olé"... ante una selección que no pudo ni tan siquiera disparar al arco. El gol de Ferran Torres en la prórroga, fue la merecida sentencia que corresponde a una exhibición de absoluta superioridad. Finalmente, llegó el momento épico: el pitazo final. Y España, por segunda vez, se llevó la Copa del Mundial de 2026.
Con la victoria española los jugadores argentinos bajaron del cielo a la tierra. Y cuando cayeron al suelo ¡cataplum! se dieron cuenta que eran de carne y hueso. Entonces empezaron a llorar, a taparse la cara, a mirar las nubes y a situarse frente a los hinchas argentinos que estaban de pie en las graderías.
El deporte es, ante todo, una escuela de valores. Y en este Mundial, el fútbol le recordó al mundo que sin ética y sin equilibrio en el arbitraje, la gloria es solo un espejismo.