La receta

Farmacia escatológica: laxantes y antidiarreicos

Desde que el hombre es hombre —y quizás desde antes, cuando aún era apenas un bípedo indeciso en las sabanas africanas— la naturaleza le recordó que el vientre puede ser fuente de gloria o de tormento. El estreñimiento y la diarrea nos acompañan desde que hay banquetes, ayunos, miedos, o alimentos en mal estado.

La literatura clásica recoge escenas en las que héroes y plebeyos se ven humillados por la urgencia intestinal. A algunos les costó la vida como a Sancho II en el sitio de Zamora a manos de Bellido Dolfos, que se provechó de la situación, y no es casual que Quevedo, con su habitual malicia, dedicara unos versos a los efectos de las purgas.

Durante el reinado de Luis XIV, las “grandes evacuaciones” eran receta habitual de médicos y barberos: clisteres y lavativas desfilaban por palacios y aldeas con la misma seriedad con que hoy hablamos de trasplantes. La nobleza se sometía a sesiones periódicas de purificación intestinal, convencida de que la limpieza del colon era garantía de salud del espíritu. El pueblo, más práctico, recurría a las plantas con principios laxantes o a la cucharada de aceite de ricino, remedios cuya eficacia todavía se recuerda y permanece en las estanterías de las farmacias.

Entre el ingenio popular y la solemnidad médica, el vientre ha sido siempre protagonista oculto de la vida social. Incluso la intensidad de algunos laxantes se ha convertido en referente de expresiones populares que indican urgencia o eficacia: “…es como la purga Hernando, que estaba en la farmacia y estaba obrando”, sin que se pueda afirmar si alguna vez existió dicha purga.

Hoy, en pleno siglo XXI, lejos de aquellos clisteres, que se administraban con grades jeringas de estaño, y las purgas de convento, seguimos lidiando con los mismos problemas. El estreñimiento crónico afecta, a entre 1,5 y 2,5 millones de españoles. La diarrea y otros trastornos intestinales que la provocan golpean a más de un millón de personas en nuestro país. Son cifras que nos recuerdan que, aunque hablemos poco del asunto en sociedad, los intestinos tienen una presencia tozuda en la vida diaria.

La farmacia moderna refleja bien esta realidad. En 2024 se vendieron unos 18 millones de unidades de laxantes y limpiadores intestinales, con un valor cercano a 133 millones de euros. Productos como Emuliquen, Dulcolaxo, Fave de Fuca, Micralax, Duphalac o los clásicos supositorios de glicerina siguen figurando entre los más utilizados, además de otros muchos productos de venta libre en tiendas de alimentación. En paralelo, los antidiarreicos alcanzaron los 14 millones de unidades, generando un mercado de 142 millones de euros. Ahí encontramos desde los antiinfecciosos intestinales hasta los sueros de rehidratación oral, - por cierto, imprescindibles en una diarrea de cierta intensidad- pasando por los inhibidores de la motilidad como el popular Fortasec.

Sin embargo, la paradoja es que la sanidad pública ha relegado estos problemas a un segundo plano. La mayoría de los laxantes están fuera de la financiación pública: apenas sobreviven algunas excepciones como el Plantago ovata o ciertos jarabes de lactulosa en indicaciones muy específicas, como la encefalopatía post-sistémica o la paraplejia. En cuanto a los antidiarreicos, se financian los necesarios para la enfermedad de Crohn o la colitis ulcerosa, además de los sueros de rehidratación; pero quedan excluidos los adsorbentes, los probióticos o los inhibidores de la motilidad, que son, precisamente, los que el ciudadano de a pie suele necesitar en una urgencia intestinal cotidiana.

En la práctica, el botiquín del intestino depende casi por completo de la farmacia. El ciudadano llega preocupado —a veces con gesto de apuro, otras con resignación— y es el farmacéutico quien orienta, aconseja y dispensa. No se trata de dolencias menores, aunque lo parezcan: el estreñimiento prolongado afecta a la calidad de vida, la diarrea puede deshidratar, y ambas situaciones son motivo de absentismo laboral y escolar. Pero como no amenazan de inmediato la vida, quedan olvidadas en los planes de financiación pública.

Quizá algún día los gestores sanitarios reconozcan que no hay salud sin un intestino en paz. Mientras tanto, seguirá siendo en la botica donde se decidan las pequeñas batallas escatológicas de cada jornada. Y no es poca cosa: al fin y al cabo, como sabían los médicos del Siglo de Oro, lo que ocurre en las entrañas condiciona el humor, la energía y, en última instancia, la forma de estar en el mundo.