Los colores del prisma

Elecciones en Colombia: cuando la palabra deja de valer

La historia de la humanidad podría contarse como una larga y obstinada búsqueda de confianza. Confiar en que el otro no traicionará. Confiar en que la ley se cumple. Confiar en que quien gobierna no utilizará el poder contra los gobernados. Las sociedades prosperaron cuando esa expectativa funcionó y comenzó a deteriorarse cuando perdió peso.

La confianza nace en casa -en la promesa cumplida, en el cuidado real, en el ejemplo-, se fortalece en la escuela, se afina en la universidad y debe consolidarse en el trabajo y en la vida pública. Ese es el trayecto natural de una comunidad que madura. Sin embargo, el siglo XXI parece decidido a recorrer el camino inverso.

Hoy buena parte del planeta observa la política con prevención. Las decisiones de líderes como Donald Trump, Benjamín Netanyahu, Emmanuel Macron, Nayib Bukele o Javier Milei dividen sociedades, tensan instituciones y amplían la grieta entre promesa y realidad. Para millones de ciudadanos, creer dejó de ser un impulso natural y se convirtió en un riesgo calculado.

Las cifras lo confirman. Los estudios de Latinobarómetro muestran, elección tras elección, el deterioro de la confianza en partidos, congresos y gobiernos. La fe pública retrocede mientras el escepticismo avanza como mecanismo de defensa. Ese fenómeno golpea democracias con estructuras sólidas y el impacto en países con debilidades históricas resulta más severo.

Ahí aparece Colombia. La campaña electoral se despliega entre tarimas, caravanas, abrazos multiplicados por temporada y discursos donde todo parece posible. Las plazas reciben promesas de prosperidad inmediata, moralización exprés y soluciones definitivas para problemas que llevan décadas respirando. Todo en medio de la exacerbación de una nueva espiral de violencia.

Pero en paralelo circula otra conversación, menos festiva y más persistente: la de los funcionarios corruptos que promueven herederos ó amigos socios de la componenda, los pactos que se multiplican como necesidad aritmética al amparo de la ley, los recursos públicos cambian de destino con una facilidad asombrosa y siempre imponen como sea la costumbre de reinventarse sin rendir cuentas.

Lo delicado no es solo el escándalo y el daño a las buenas costumbres. Es la repetición. Y la ausencia de control ciudadano y de las autoridades. Porque cuando las faltas se vuelven paisaje, el mensaje implícito es brutal: incumplir no tiene consecuencias proporcionales. La justicia llega tarde o no llega, y la pedagogía que recibe el ciudadano es devastadora.

La desconfianza termina siendo aprendizaje colectivo. Sin credibilidad no hay autoridad legítima. Sin autoridad legítima no hay gobernabilidad. Y sin gobernabilidad, la democracia corre el riesgo de convertirse en una ceremonia que se repite sin producir certezas.

Por eso el debate electoral necesitaría más memoria y menos euforia. Presencial y en redes. O en los medios. Menos espectáculo. Más trayectoria. Menos frases memorables. Más inventario de coherencia porque elegir es otorgar crédito a la palabra. Confiar en que quien seduce multitudes será capaz de respetarlas. Suponer que el poder no borrará los compromisos adquiridos a plena luz.

La experiencia indica que esa es, quizá, la apuesta más audaz del ciudadano. Se observan campañas que perfeccionan la retórica, pero descuidan el antecedente. Se diseñan narrativas emocionantes, pero se evade el balance. Se pide fe sin presentar historial. Y la confianza, conviene recordarlo, no es un derecho del candidato. Es una conquista.

Podrán cambiar los nombres, los logotipos, los colores y los himnos. Mientras la promesa siga siendo liviana, el país continuará atrapado en el ciclo del entusiasmo breve con charlatanería y la frustración prolongada. La palabra necesita recuperar gravedad en todos los espectros de izquierda, centro o derecha. 

De lo contrario, cada elección será una esperanza menos y una advertencia más porque la confianza no se decreta. Se construye. Se comparte. Se merece. Es hora de admitir que el presente depende de lo que prometen… y mucho más de la capacidad de dejar de creer sin pruebas. Comentarios al correo jorsanvar@yahoo.com