De vez en cuando me gusta leer algún capítulo de El Quijote y siempre me asalta la misma pregunta: ¿habrá forma de enlazar estas páginas con mis lecturas sobre física cuántica, agujeros negros o la expansión del universo?
Alonso Quijano cabalga entre molinos que son gigantes, atrapado entre lo que ve y lo que imagina. Sancho, en cambio, pisa firme. Para él el tiempo avanza, la materia es sólida y los objetos se tocan. Pero cuando miramos el mundo a escalas cósmicas o cuánticas, la realidad se vuelve sorprendentemente quijotesca. El tiempo deja de ser absoluto y los objetos no se tocan realmente, solo se repelen.
El caballero de la triste figura veía gigantes donde otros veían molinos, igual que nosotros solo conocemos el 5% de la materia y energía del universo. El resto permanece oculto, pero sabemos que está ahí. Cervantes intuía lo que hoy confirma la cosmología: que la realidad no siempre coincide con lo que percibimos.
El universo, como el caballero de la triste figura, es hijo de sus historias. Cada estrella que explota, cada fotón que nos alcanza es un capítulo de la gran novela cósmica que nos precede. Cervantes lo dijo de otra forma: cada uno es hijo de sus obras.
Y nosotros también somos fruto de un cosmos que escribe su narrativa desde hace 13.800 millones de años. Cada átomo de nuestro cuerpo nació en estrellas que ya no existen.
Leer a Cervantes es como mirar el cielo nocturno: uno ve historias que otros no ven, pero todas son reales para quien las mira. La física moderna nos recuerda que muchas de nuestras certezas son solo modelos útiles a nuestra escala.
Cuando exploramos lo muy pequeño o lo muy grande, descubrimos que la realidad tiene matices quijotescos: partículas que parecen estar en varios lugares a la vez o que se comportan como ondas.
Quizá por eso, cuando en la rebotica intento comprender todo esto, aparece un silencio que mezcla humildad, asombro y un ligero vértigo. Invita a quedarse un poco más, como cuando uno termina un buen capítulo y no quiere cerrar el libro todavía.
En ese espacio entre ciencia y literatura es donde la comparación entre Cervantes y la cosmología cobra más sentido. Ambos nos recuerdan que la realidad es más rica de lo que alcanzamos a ver y que la imaginación no es un adorno, sino una herramienta para explorarla.
Seguimos siendo un poco quijotes. No porque confundamos molinos con gigantes, sino porque seguimos avanzando hacia un cosmos que nos desborda, intentando comprenderlo con la mezcla justa de curiosidad, terquedad y asombro que hace que la aventura merezca la pena.
Cervantes nos recordó que la realidad se construye tanto con ojos como con imaginación: “el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho.”