Prospectiva independiente

El diccionario político está en ruinas y con propósito, confunde

Nací en 1940, con la Segunda Guerra Mundial, y he dedicado más de setenta y cinco años a la medicina y a la filosofía. Hoy debo confesar una frustración creciente: la pérdida de claridad del lenguaje político.

La guerra que marcó mi nacimiento fue la culminación de una crisis global. El llamado “Eje”, liderado por Alemania, Italia y Japón, representó formas de dictadura nazi-fascista, con una lógica de poder absoluto y expansión violenta. Frente a él, los “Aliados” reunieron una coalición heterogénea encabezada por el Reino Unido bajo Winston Churchill, a la que se sumaron la Unión Soviética tras la invasión alemana que los sorprendió, los Estados Unidos después de Pearl Harbor, la Francia Libre de Charles de Gaulle y China. Aquella guerra no fue solo militar: fue también la expresión extrema de una crisis ideológica de la modernidad.

Desde el punto de vista intelectual, mi generación creció en medio de una tensión filosófica profunda: entre el idealismo y el existencialismo por un lado, y el materialismo histórico y dialéctico por el otro. Todas estas corrientes pueden entenderse como herederas de la transformación del pensamiento europeo, tras la Edad Media y el surgimiento del Renacimiento.

La Edad Media fue un largo período estructurado por el orden teocéntrico de la Iglesia y jerárquico. Su crisis se debió a la Peste Negra, las guerras prolongadas, el surgimiento de la burguesía y los grandes viajes de exploración, como los de Marco Polo. Ese proceso abrió el camino al Renacimiento.

El pensamiento renacentista colocó al ser humano en el centro: el humanismo, el antropocentrismo y el desarrollo del pensamiento científico inauguraron la modernidad.

Más tarde, la Revolución Francesa no solo derribó un orden político, sino que instauró un nuevo lenguaje universal: libertad, igualdad, derechos y soberanía. Sin embargo, esas mismas ideas contenían tensiones internas que dieron origen a las grandes corrientes posteriores.

El liberalismo, apoyado en John Locke y desarrollado por John Stuart Mill, colocó la libertad individual en el centro, defendiendo la propiedad privada y el Estado limitado, aunque generando desigualdades persistentes.

Frente a ello surgió el socialismo, cuya formulación teórica más influyente es la de Karl Marx, que cuestionó la insuficiencia de la libertad formal sin igualdad material. Dentro del socialismo aparecieron luego dos grandes vías: la evolucionista, representada por Eduard Bernstein, y la revolucionaria, asociada a Rosa Luxemburgo y Vladimir Lenin.

En este contexto se consolidaron las nociones de izquierda y derecha. Más que ideologías cerradas, representan dos actitudes frente a la incertidumbre: la izquierda tiende a corregir el mundo; la derecha, a protegerlo de cambios excesivos. Ambas pueden desviarse: una hacia el dogmatismo utópico, la otra hacia el inmovilismo justificatorio.

A esta tensión se suma otra más profunda: la oposición entre dogmatismo religioso y cientificismo. No se trata solo de fe contra ciencia, sino de dos formas de absolutizar la verdad. El socialismo histórico, en sus diversas expresiones, cuestionó el dogma religioso y el nacionalismo excluyente, promoviendo la idea de una solidaridad internacional de los trabajadores. En este marco, Marx formuló su crítica a la religión como expresión de alienación social.

A esta crisis de conceptos se suma un fenómeno decisivo de la modernidad tardía: la progresiva sustitución de la política por la administración técnica. Tanto el liberalismo como el socialismo, en sus formas contemporáneas, han derivado en sistemas de gestión donde la decisión política se disuelve en tecnocracia, indicadores económicos o burocracias estatales. El resultado es una pérdida de densidad filosófica del debate público. La política deja de ser un conflicto de ideas sobre el destino humano y se transforma en una administración de problemas. En ese proceso, incluso las grandes tradiciones ideológicas se vacían parcialmente de su contenido original, quedando reducidas a lenguajes simplificados o identitarios.

Desde los quince años adopté una posición filosófica materialista dialéctica e histórica. Esa formación marcó mi vida personal y familiar, incluso en la elección del nombre de mi hija Denisse, en homenaje a Denis Diderot.

Este compromiso nos llevó a defender activamente causas democráticas y antifascistas en distintos contextos históricos, así como a enfrentar consecuencias personales y políticas.

Sin embargo, en la segunda mitad del siglo XX se produjeron graves desviaciones en los sistemas que se reclamaban socialistas, incluyendo pactos políticos contradictorios como el Pacto Ribbentrop-Mólotov y experiencias burocráticas que debilitaron su legitimidad histórica.

Con el tiempo, muchas de estas corrientes, abandonaron sus denominaciones originales y se redefinieron como “progresistas”. En ese proceso, parte de la izquierda fue desplazándose desde el materialismo histórico hacia alianzas ideológicas que son incluso regresiones culturales de tipo medieval cuando el dogmatismo identitario o nacionalista, domina el discurso político.

Ha llegado el momento de poner orden en el diccionario político.