Hay viajes que se recuerdan por los lugares que descubrimos y otros que, sin avisar, cambian nuestra manera de mirar la vida. El 10 de agosto, nuestro viaje por Colombia cambió para siempre en el aeropuerto Matecaña de Pereira.
Éramos seis amigos recorriendo el país cuando un terremoto de magnitud 7,4 sacudió Colombia. En cuestión de segundos, lo cotidiano se convirtió en emergencia: movimiento, ruido, incertidumbre, evacuaciones y esa sensación difícil de describir de no saber qué ocurrirá después.
En el aeropuerto vivimos momentos especialmente difíciles. Parte del grupo consiguió salir mientras yo permanecía atrapada en un ascensor panorámico en la segunda planta. Terminaría siendo la última persona evacuada, una hora después del seísmo.
Al salir entendimos mejor la dimensión de lo vivido. El aeropuerto había sufrido importantes daños: falsos techos desprendidos, cristales rotos, grietas y diferentes zonas muy afectadas por la fuerza del terremoto, que dejó un gran número de heridos y cuatro fallecidos. Un lugar que minutos antes funcionaba con absoluta normalidad se había convertido en el escenario de una emergencia. Las imágenes del Matecaña después del seísmo hablaban por sí solas.
Cuando parecía que el mayor susto había quedado atrás y pude por fin reencontrarme con los míos a la salida del aeropuerto, llegó una nueva lección. A las 9:00 de la mañana comenzó a circular el rumor de que se produciría una réplica. El mensaje se propagó rápidamente, sembrando el pánico y obligándonos a buscar un lugar seguro en las inmediaciones.
Era un bulo. No es posible predecir un terremoto o una réplica indicando una hora exacta. En una emergencia, la desinformación también puede convertirse en una amenaza: cuando existe miedo, una información falsa puede propagarse tan rápido como el propio pánico.
Después llegaron los vuelos perdidos, el equipaje que quedó atrás y un viaje que tuvo que cambiar por completo. Activamos el modo supervivencia para intentar llegar hasta Medellín. Los 16 españoles que nos encontrábamos allí, procedentes de Ávila, Cuenca, País Vasco, Palma de Mallorca y otros puntos de España, nos unimos como si fuéramos una familia. Compartimos información, incertidumbres, decisiones y también confesiones. Cuatro horas y media después, entre carreteras cortadas, derrumbes, problemas de comunicación y mucha desinformación, conseguimos llegar a Medellín.
Pero entonces las prioridades ya eran otras. Estábamos vivos. Estábamos juntos. Y queríamos estar a salvo.
Las llamadas desde España, las voces de nuestras familias y los mensajes de nuestros amigos adquirieron otro significado. A veces olvidamos la enorme suerte que supone tener a alguien esperando nuestro regreso.
Quienes trabajamos en seguridad hablamos cada día de prevención, protocolos y gestión de crisis. Son imprescindibles. Aquel día tuve la oportunidad de comprobarlo desde el otro lado: cuando una emergencia deja de ser un supuesto y se convierte en realidad, cada decisión, cada minuto y cada información que se transmite cuentan.
Pero Colombia también me recordó que existe algo que ningún protocolo puede sustituir: la humanidad.
Hay nombres que merecen quedarse en el relato. Para mí, uno de ellos es Felipe. Mientras muchos buscaban la salida, él eligió no dejarme atrás. Permaneció durante toda la evacuación y, cuando aquella puerta se convirtió en una frontera inesperada, siguió allí, al otro lado del ascensor, tirando, empujando y buscando conmigo la manera de abrir paso. Gracias a ese esfuerzo compartido, conseguimos forzar una abertura suficiente para que pudiera salir.
Mi agradecimiento también al director y al jefe de seguridad del aeropuerto, que me acompañaron durante los últimos momentos de la evacuación. En una situación así, nunca se olvida a quienes permanecen cuando más se les necesita.
Hay gestos que duran minutos y se recuerdan toda una vida.
Una mano. Una llamada. Alguien que espera. Alguien que decide quedarse.
Seis amigos comenzamos aquel día pensando en continuar nuestro viaje.
Lo terminamos entendiendo algo mucho más importante: los planes pueden cambiar, las maletas pueden perderse y los vuelos pueden esperar. Lo verdaderamente importante es tener a quién abrazar cuando todo termina y la inmensa suerte de poder volver juntos.
Como profesional de la seguridad, regreso de Colombia con una lección que trasciende cualquier manual: podemos anticipar escenarios, diseñar protocolos y prepararnos para gestionar una crisis, pero nunca debemos olvidar que, en el centro de cualquier emergencia, siempre están las personas.
Porque proteger no consiste solo en prevenir riesgos. También significa saber reaccionar cuando todo cambia, comunicar con responsabilidad en medio de la incertidumbre y permanecer al lado de quien nos necesita.
Aquel día sobrevivimos a un terremoto. Pero, sobre todo, regresamos entendiendo un poco mejor el verdadero significado de una palabra a la que he dedicado gran parte de mi vida: la seguridad.